Por Eddy Díaz Souza.

Lector con perro

Fue la urgencia, evidentemente imperativa, de registrar los acontecimientos más notables, los saberes acumulados por generaciones, los progresos en materia científica, la historia, la cultura, el comercio, entre otros, lo que motivó al hombre a diseñar caracteres, herramientas y soportes con la finalidad de preservar esta memoria, para uso de los hombres y mujeres de su tiempo y, por supuesto, como patrimonio de generaciones venideras. Según las indagaciones del bibliotecólogo Fernando Báez, los primeros textos de los que se tenga noticia provienen de la ciudad de Uruk y datan de los años 4100 o 3300 a.C.[1]

Para escribir, en un comienzo, fue necesario contar con escribanos, desarrollar a su vez los instrumentos y materiales cuya superficie (y composición) permitieran la escritura (y su permanencia). Pero la escritura requirió también de un lector; es decir, precisó de un individuo con capacidad para decodificar, comprender y comunicar aquella organizada estructura sintáctica y semántica.

Como apunta Georges Jean, entre otros escritores, el arte y técnica de la escritura y la lectura estuvo reservada —en un principio y por largo tiempo— a las castas y elites en ejercicio del poder.

Escribir y leer la escritura cuneiforme no era cosa fácil para los antiguos mesopotámicos. Este arte estaba en manos de los que sabían trazar los signos, conocían su pronunciación y las diferencias de sentido en función del contexto (…) los escribas, maestros de la escritura, constituían una casta aristocrática más poderosa a veces que la de los cortesanos “analfabetos” o incluso que el propio soberano (…) Saber escribir y leer era ya entonces un poder, y también un privilegio.[2]

Este mismo autor advierte que, años más tarde, la utilización del pergamino como soporte para la escritura modificará a fondo las herramientas, procesos y métodos para escribir y leer. Otro tanto ocurrirá, evidentemente, con la invención de la imprenta en 1450. Analizando estos hechos, puede entonces inferirse que las transformaciones producidas en las tecnologías de la escritura y la lectura inciden drásticamente en los procesos y capacidades de aprendizaje y en el desarrollo de la humanidad. Tales cambios y consecuencias pueden ser analizados desde nuestra perspectiva contemporánea donde, precisamente, la innovación tecnológica ha impuesto brechas, mientras conviven la lectura en medios impresos y la lectura en redes informáticas.

Lector de tabaquer�a

Para Alberto Manguel, sin embargo, existen dos momentos en la historia de la lectura, y no precisamente determinados por cambios tecnológicos. Señala Manguel, con su poético modo de pasearse por los caminos de la lectura, que un primer período sería aquel en el que prevaleció la lectura en voz alta y un segundo momento, cuando se inicia la lectura silenciosa. Es, en este caso, la técnica de la lectura y no la tecnología la causa de los cambios. Según Julián Jaynes, hacia “el tercer milenio a.C. la lectura pudo haber sido (…) una cuestión de oír la escritura cuneiforme, es decir, imaginar las palabras habladas al mirar sus símbolos pictóricos, en lugar de la lectura visual de sílabas en el sentido en que nosotros la entendemos”.[3] Otros autores reconocerán la estabilización de la práctica de la lectura silenciosa para el siglo X. No obstante, Manguel recuerda que ya para el siglo IV, San Agustín manifestaba su arrobamiento ante el modo de leer de San Ambrosio:

Cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban. Muchas veces, estando yo presente, pues el ingreso a nadie estaba vedado ni había costumbre en su casa de anunciar al visitante, así le vi leer en silencio y jamás de otro modo”.[4]

Alfaro López, Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, coinciden en sus apreciaciones sobre la conformación de tres etapas en la historia de la lectura, desde la Edad Media hasta nuestros días:

…la primera revolución señala el tránsito de la lectura oral a la lectura silenciosa, la cual es incluso anterior a la revolución sufrida por el libro; la segunda revolución, que aconteció con anterioridad a la industrialización en la fabricación de lo impreso, transita de la lectura intensiva a la lectura extensiva; y la tercera es la más radical de tales revoluciones (…) la transmisión electrónica de los textos (…) porque, desde luego, leer en una pantalla no es lo mismo que leer en un códice…[5]

Manguel advierte que a partir del siglo VI las prácticas de lectura oral, de lectura pública, se van haciendo cada vez menos usuales; tal vez para dar paso a un estilo de lectura íntima… Durante los siglos XIV y XV se registra un nuevo interés por la oralización pública de textos, tanto laicos como religiosos. Pero será, definitivamente en el siglo XIX cuando alcance su máximo esplendor la lectura pública de poemas y narraciones en la voz de sus propios autores. Charles Dickens, por ejemplo, dominará los escenarios y salones ingleses, mientras que poetas cubanos declamarán sus versos en las tertulias de Domingo María del Monte, ilustre cubano nacido en la ciudad de Maracaibo en 1804. Tan célebres fueron las tertulias de Domingo Del Monte como las lecturas realizadas para las multitudes de obreros de las tabaquerías cubanas.

Luego, la tercera revolución: el texto electrónico. Cavallo y Chartier consideran que las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) modifican las anteriores experiencias y hábitos lectores, al introducir el texto en un nuevo contexto, texto o artefacto textual que se presenta en una amplia gama de formatos, con múltiples enlaces, referentes e imágenes, texto que puede ser transformado y recuperado en cualquier momento y desde cualquier punto del globo terráqueo —eso sí—, teniendo la tecnología adecuada que le permita acceder a la red.

La historia de la lectura puede ser edificada e interpretada desde disímiles aristas. Todas conservarán la impronta de quien la escribe; pero, sobre todo, mostrarán las relaciones entre las formas de gobierno, las políticas, las tecnologías, las sociedades y la lectura.


Notas:

[1] Fernando Báez. Historia universal de la destrucción de los libros : de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Caracas: Debate, 2004. p. 29.

[2] Georges Jean. La escritura : memoria de la humanidad. Barcelona, España: Ediciones Grupo Zeta, 1998. p. 20-21.

[3] Citado por: Alberto Manguel. Una historia de la lectura. Madrid: Alianza editorial, 2001. p. 74-75.

[4] San Agustín. “Confessions”. Citado por: Alberto Manguel. Una historia de la lectura. Madrid: Alianza editorial, 2001. p. 81.

[5] Héctor Guillermo Alfaro López. Tiempo líquido : la crisis del libro y la lectura [en línea]. Investigación Bibliotecológica. Vol. 14, n° 28. México: Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 2000 [citado septiembre 20, 2006]. Disponible en: <http://www.ejournal.unam.mx/iibiblio/vol14-28/IBI02804.pdf> p. 58.