Luis Cabrera Delgado

 

En la década del 80, la literatura infantil cubana dejó atrás su condición de instrumento, oportunista y servicial, en función de un presunto lector, y se convirtió en la manifestación personal de la necesidad del autor de expresarse libremente según, y cito palabras de Joel Franz Rosell[1] “las convicciones y manías, de las utopías y caprichos, de las anécdota íntimas y alucinaciones persistentes de ese adulto inevitable y lleno de cicatrices que es el escrito”. Vamos, entonces y necesariamente, a encontrar en el periodo que se analiza una variedad temática, estilística y formal diferente a las exhibidas por la literatura precedente.

 Temáticamente, Omar Felipe Mauri (p.78)[2] habla de una “edad campesina y bucólica” durante la década del 70, un “periodo de abuelas y abuelos” en los años ochenta, y la aparición a finales de estos de lo que denomina “coto de hadas y brujas”. ¿Cuál pudiera ser entonces el nominativo genérico para los últimos años del siglo XX? Antes de aventurarme a catalogar el elemento temático que lo caracteriza, es necesario puntualizar que, independientemente de la pujanza creativa con que llegamos al año 90, vamos a encontrar libros que no son más que remanentes de todas las expresiones anteriores. Por otra parte, el desarrollo de la estética creativa no necesariamente marcha al unísono de las exigencias estéticas editoriales, y por ello vamos a tener la disparidad de libros como Los niños también pueden (Editorial Oriente, 1989) de Plintio E. Matos, en el que se recogen, según palabras del propio autor en su prólogo, “facetas de la actividad infantil en el plano revolucionario”, y que tiene, por sobre la función estética, una marcada intención de adoctrinamiento político; y textos como el premiado en el Concurso La Edad de Oro de ese mismo año: El País de los Mil Paraguas (Editorial Gente Nueva, 1993), de Carlo Calcines, en el que con otros recursos literarios, tales como el animismo, el antropomorfismo y la fantasía, nos conduce al desarrollo de valores relacionadas con la amistad, la solidaridad, la constancia y la valentía; virtudes éstas puestas en función de que el bien, una vez más, venza el mal en una amena e imaginativa aventura llena de peripecias. O las atrevidas búsquedas formales y metafóricas de José Manuel Espino en Barco de sueños (Ediciones Unión, 1995), libro distinguido con el Premio David de Poesía de 1989, en contraposición con las estrofas, rimas y métrica con las que trabaja Manuel Crespo Vázquez en Tejer un lazo (Gente Nueva, 1989), las que se corresponden con las características encontradas por Ramón Luis Herrera (p.12-13)[3] en el estudio que realizó de la poesía infantil cubana de los años 70 y 80. 

Como característica del sistema editorial cubano, durante el periodo que analizamos van a aparecer libros que fueron seleccionados en certámenes literarios de años anteriores; mientras que textos premiados entre 1989 y 1999, como fue Fangoso, de Enid Vian, galardonado por el Ismaelillo de 1989, no van a aparecer publicado hasta pasado el año 2000.

Como el ejemplo más significativo de la aparición de literatura escrita con anterioridad, cito Libreta de trabajo, de Renée Potts, que aunque editado en 1988, no fue impreso hasta un año después, y corresponde analizarlo en esta época. Desde la salida en 1936 de Romancero de la maestrilla (editado por la Sociedad Lyceum) su autora no había vuelto a publicar otro libro, y fue por la gestión editorial de Excilia Saldaña que se muestran de nuevo aquellos versos, junto a otros nuevos romances, canciones, letrillas y adivinanzas escritos por Renée Potts durante cincuenta años.

Aparecen también este año libros significativos del quehacer literario cubano anterior al periodo, como son: Los pequeños poemas de Abuelo Cantarín, de Julia Calzadilla, Palomar, de Dora Alonso y El telescopio de David, de Ivette Vian, todos publicados por Gente Nueva; y, fundamentalmente, un libro que marca cima en la literatura hecha hasta la fecha: La noche (Gente Nueva), de Excilia Saldaña. La profesora Gladys García Jiménez la describe como “obra de madurez y ruptura, revaloración estética y culminación: mayoría de edad de una generación actuante, regalo-sorpresa de la literatura cubana.” (p.251)[4]. La Sección de Literatura Infantil de la UNEAC le otorgó a este libro el Premio La Rosa Blanca a la mejor obra publicada en el quinquenio 90-95, lo que demuestra la valía del mismo.

Junto a este importante galardón, es de señalar que durante el periodo de 1989 a 1999, se entregaron siete Premios de la Crítica a libros de la serie infanto juvenil, y un autor cubano mereció el Premio Casa de literatura infantil.

Con fines exclusivos de promoción, fue creada en 1989 en el Ministerio de Cultura la colección Para un príncipe enano. Fueron pequeños folletos de carátula de cartulina y hojas sueltas, pero que constituyeron un hito importante por alguno de los títulos y/o los autores que allí aparecieron: La extraña familia de Luis Tosco…, de Eric González Conde, que daría lugar a una saga, publicada posteriormente por otras editoriales; Porque tenemos el corazón feliz, que recogió por primera vez la letra de un grupo de las populares canciones de Teresita Fernández; y otros textos de Omar Felipe Mauri, Aramís Quintero, Julia Calzadilla y Waldo González López, entre otros autores de reconocido prestigio. Pero quiero detenerme particularmente en tres de estos títulos: Sorcita, de Nersys Felipe, autora que una vez más recurre a sus recuerdos más preciados y esta vez nos presenta por primera vez en la literatura infantil cubana de la Revolución el personaje de una monja, quien por demás muestra su amor a la patria, la libertad y la naturaleza. Yo, Mónica y el Monstruo, de Antonio Orlando Rodríguez, texto crítico de una realidad y un personaje hasta el momento presentados siempre como idílicos: la escuela y la maestra. Este cuento, adaptado a la televisión y publicado nuevamente por la editorial Colina, de Medellín en 1994, junto con Claro de luna, de Luis Carlos Suárez, el que aborda con crudeza, y a la vez fantasía, el desmembramiento que se produce en la familia por el divorcio y alejamiento del padre, marcaron el inicio de la literatura de crítica social que tanto prosperó posteriormente en nuestra literatura infanto juvenil, en una renovación encaminada a reflejar una realidad cambiante y no necesariamente idílica del ambiente familiar y social en el que se desenvolvía el niño del momento, y, por otra parte, ponerse a la par con la amplia y tampoco necesariamente halagüeña información que el pequeño finisecular recibía por los diferentes medios de difusión masiva.

Valdría mencionar aquí libros como Un hada y una maga en el piso de abajo, de Magalys Sánchez Ochoa, (Editorial Unión. 1999), en el que se aborda las consecuencias negativas por el divorcio de los padres y el reajuste de la familia por el matrimonio de la madre; también Mi amigo Juan, de Alberto Domingo González (Colección Pinos Nuevos. Editorial Gente Nueva, 1994) que nos conduce a la relación que se establece, en un hogar de padres divorciados, entre el hijo y el novio de la madre.  En El oro de La Edad (Editorial Unión, 1998), de Ariel Ribeaux Diago, Premio Ismaelillo de1997, el autor establece una relectura de los personajes de La Edad de Oro, para con el juego de códigos post modernista mostrar, con una visión contemporánea, facetas complejas de aspectos de algunas realidades sociales de la Cuba del momento. Iliana Prieto en Querido diario (Pinos Nuevos. Editorial Unión, 1994),  recurre a la fantasía para hacer cuestionamientos familiares. E Inventarse un amigo (Gente Nueva, 1998), de Enrique Pérez Días, Premio La Edad de Oro de 1993, que nos conduce a la intimidad de un niño triste y taciturno, inmerso en una familia disfuncional, que lo lleva a cuestionarse el “por qué había nacido”.  En este libro es donde por primera vez en la literatura infantil cubana, se hace referencia, al tema de los balseros.

Las familias atípicas se manifiestan de diferentes formas, una de ellas es trabajada por Olga Marta Pérez en su libro Papatino y Mamagorda (Editora Abril, 1990), en el que un par de ancianos que han quedado solos, intentan crearse una familia con los niños del vecindario, y dan lugar a una serie de aventuras en las que el elemento que queda como sustrato de su lectura, es el amor y la bondad entre los seres humanos

Otros temas, no abordados con anterioridad, aparecen en este periodo, tal es el caso de Bajo el aire y el sol de Buenavista, de René Valdés Torres (Editorial Hermanos Loynaz, 1998) que nos presenta el encuentro de un niño con la familia y la cultura de sus padres emigrantes, quienes vuelven de visita a su lugar de origen.

Premio El Caimán Barbudo de 1990 María Virginia y yo en la luna de Valencia (Editora Abril y Editorial Letra Cubanas, 1997), de Gumersindo Pacheco es la primera parte de una trilogía, a la que pertenecen María virginia está de vacaciones fue merecedor del premio Casa de las Américas de 1994 y publicado por Casa ese propio año, y María Virginia, mi amor (Editorial Norma, 1998); textos donde su autor aborda, “con un discurso humorístico paródico y con tendencia a subvenir valores totalizantes de nuestra costumbres” (p.134)[5] los conflictos generacionales de la adolescencia en el proceso de descubrimiento del amor.

Por su parte, Teresa Cárdenas aborda el tema de la discriminación racial y la marginalidad, en un libro con un estilo crudo que no duda en apelar a mecanismos melodramáticos, como lo son la muerte, la orfandad y el rechazo familiar: Cartas al cielo (Editorial Unión, 1998), libro que había sido Premio David en 1997, y a su publicación ganó uno de los Premios de la Crítica de ese año.

También aparecen en este periodo personajes ―por decirlo de alguna manera― “diferentes”. Pedrín (Editorial Capiro, 1991), Mención del Premio Ismaelillo de 1980, el que por incomprensiones editoriales con respecto a la discapacidad física que presenta el protagonista, no vio la luz hasta 1991. Ito (Editora Abril, 1966), al igual que el anterior, de la autoría de Luis Cabrera Delgado, Premio Abril 1994, presenta un protagonista que, según definición de Antonio Orlando Rodríguez, se trata de un niño que“ por su sensibilidad, sus gustos y comportamiento peculiar es  (…) potencialmente homosexual”. (p.106).[6]

Pero otros textos de estos años andan por caminos más ortodoxos, aunque no por ello menos valiosos. La aventura de la Cruz Pinera, de Ricardo Ortega (Gente Nueva,1989) transita por los rumbos trazados por otros autores y libros anteriores en los que un grupo de jovencitos se ven inmersos en una trama policiaca llena de episodios de acción. Ibraim Doblado vuelve a sus acostumbrados espacios de la cayería norte del centro de la isla y nos presenta las aventuras de un valiente caballo que se escapa para ser libre (Caballo salvaje, Gente Nueva, 1995). Linda (Gente Nueva, 1996), de Pablo René Estévez, texto en el que su autor retoma el ambiente campesino prerrevolucionario para, con estrategias discursivas propias y el tratamiento de asuntos que tienen que ver con la edad juvenil, ahondar en la relación del hombre con los animales, el trabajo y el descubrimiento del amor. Por su parte, en Una estrella distinta (Editorial Capiro, 1993) de Alfredo Delgado nos conduce a través de una serie de relatos, desde la visión del niño, a la contemporaneidad de un ambiente pueblerino. Y la fantasía más desbordante, en personajes y situaciones humorísticas de Este libro horroroso y sin remedio (Pinos Nuevos. Editorial Gente Nueva, 1996), de Alberto Jorge Yañez, volumen que ganó uno de los Premios Nacionales de la Crítica de ese año.

La historia ha sido un tema priorizado en la literatura infantil cubana de todos los tiempos, y esta tradición está presente en el periodo que se analiza. Autores acostumbrados a trabajar esta temática, como lo es Julio M. Llanes, publicó Mi amigo Serafín (Ediciones Luminaria 1991), una especie de biografía novelada del Mayor General Serafín Sánchez. Participante del hecho mismo, es el caso de Enrique Acevedo, de quien la Editora Política  publicó Descamisado, narración testimonial de su incorporación y participación en el guerrilla durante la guerra revolucionaria; este libro mereció uno de los Premios de la Crítica de 1993. De igual manera, Frolián Escobar da a conocer en Martí a flor de labios (Editora Política, 1991) una serie de anécdotas del paso de nuestro Apóstol desde Playitas a Dos Ríos; libro que su prologuista, Cintio Vitier, cataloga como “suceso extraordinario”. A pesar de que este texto no estuvo pensado especialmente como literatura infanto juvenil, no dudo en ubicarlo dentro de este panorama, ya que por varias razones, principalmente por tratarse de testimonios de niños que conocieron a Martí, los jóvenes lectores ―como ha sucedido en otras muchas ocasiones―  se han apropiado del mismo. Este libro fue distinguido con el Premio de la Crítica en 1991, y su autor volvió a merecer este galardón dos años después por su libro La vieja que vuela (Gente Nueva, 1993), un texto fantástico, con elementos del realismo mágico y un lenguaje muy peculiar, que también nos lleva al escenario de la Sierra Maestra durante la época la lucha guerrillera.

En el periodo que analizo fueron prolíferas, en comparación con etapas anteriores, la realización de antologías. En 1989 fueron presentadas En un camino encontré… (Editora Abril), y Antología de la narrativa infantil cubana (Gente Nueva), ambas preparadas por Antonio Orlando Rodríguez; pero los cuentos que en ellas parecen responden a la creación etapas anteriores. Diez años después, Ediciones Unión sacó a librerías ¡Mucho cuento! Narrativa infantil cubana de los años noventa, esta realizada por Enrique Pérez Díaz, en la que aparecen un serie de textos, fundamentalmente inéditos ―y ahí su valor representativo del quehacer creativo de la época― de autores conocidos, junto a otros de una nueva generación literaria. De Enrique Pérez Díaz es también otra antología: Cazador de sueños. El cuento brevísimo infantil cubano (Ediciones Luminaria, 1998) concebida con los pies forzados de que fueran cuentos cortos y en los que apareciera un niño cubano como protagonista de la historia.

En el campo de la lírica destaco libros como Cantos de Camino (Ediciones Holguín, 1993), con el que su autor Luis Caissés Sánchez obtuvo el Premio de la Ciudad de 1993, por tratarse de un conjunto de poemas en los que, según la profesora Ana María Osorio Salermo[7]bajo la simple imagen de un instante se entreteje la profundidad conceptual de los grandes temas de la poesía de todos los tiempos: el amor, la muerte, la vida, el sueño y el tiempo que llevan al hombre en el canto de los caminos de su historia.”  El alma en una nube, (Pinos Nuevos, Gente Nueva, 1994) de Emma Artiles Pérez, por tratarse de un conjunto de haykús precedidos de una “introducción” en la que se nos presentan como obras de una bailarina de un mundo de flores personificadas: Margarita del Trasval, personaje que la autora utiliza posteriormente como la protagonista de Ikebana (Gente Nueva, 1998), novela galardonada con el Premio La Edad de Oro de 1995 y ganadora de uno de los Premios Nacionales de la Crítica de ese año.

En otras cuerdas líricas encontramos En Jarahueca (Casa Maya de la Poesía, Campeche, 1999), de Olga Lidia Pérez, con versos de sentido disparatado, llenos de humor, donde la magia y el surrealismo nos conforman el paisaje afectivo vivencial de la autora, y nos acerca a la familia y al pequeño pueblo de cualquier lector cubano.

Ramón Luis Herrera posee una voz poética basada en la aparente sencillez del objeto lírico, los que nos muestra con gracia, pero no exento de un pensamiento profundo y reflexivo. En Lindo es el sapo (Editado por la Dirección de Literatura CPL de Sancti Spíritus, 1991) demuestra como los animales, a pesar de lo socorrido de su utilización, no dejan de ser un buen motivo poético para la comunicación estética con el niño lector. Con Corazón asustado (Pinos Nuevos. Ediciones Unión. 1994) este autor obtuvo el Premio David de 1987, texto que con los más mínimos recursos, logra alcanzar la belleza de la sencillez en sus imágenes y metáforas.

En el buzón del jardín (Sed de Belleza Editores, 1997), Yamil Díaz Gómez evidencia la validez de la décima para la comunicación con el público infantil y en un recorrido por la casa va encontrando en sus rincones las motivaciones necesarias para legitimar para estos lectores el verso de alto vuelo y fina estructura.

Ronel Gonzáles con Un país increíble (Ediciones Holguín, 1992), Premio de la Ciudad 1992¸ reconoce la validez de la prosa poética y, junto a formas métricas, nos lleva al goce lúdico del absurdo.

No puedo dejar de mencionar , libro para jóvenes publicado por Gente Nueva en 1991, por tratarse de un conjunto de poesía de fina factura, como lo son los dibujos de las letras capitulares en las que se inspira el autor para adentrarnos, con el juego de la imaginación, al mundo lírico. También para las edades juveniles, el Amor de los pupitres (Gente Nueva, 1992), de Félix Guerra, texto con un formato rústico propio de la época, y una segunda y cuidada edición en 1998, nos ofrece un retrato fresco del amor adolescente en hermosas viñetas en prosa poética y versos. Este título obtuvo uno de los Premios de la Crítica otorgados en 1991.

Ediciones Unión publicó en 1998 Un elefante en la cuerda floja, una antología de poesía cubana para niños preparada por Enid Vian que, aunque recoge autores y obras de diferentes épocas, trae una muestra de la poesía del periodo que analizo.

En el campo de la ensayística, si bien fue cierto que por la limitaciones en los espacios habituales de la prensa plana y la desaparición de la revista especializada En Julio como en enero, producto de la crisis económica del país, hay que destacar la importancia que revistió la realización anual de los Encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil, iniciados precisamente en el año 1989, auspiciados por el Comité Provincial de la UNEAC de Sancti Spíritus, y gracias al empeño personal que puso en ellos, su organizador Julio Llanes; de estos encuentros y con selección del propio Llanes se publicaron durante el periodo dos libros que recogieron algunos de los trabajos expuestos en dichos eventos: al primero (1993), prácticamente sin un título específico, le siguió La literatura infantil cubana ante el espejo (1998), publicados ambos por Ediciones Luminaria, en los que aparecen firmas de importantes escritores, editores, profesores e investigadores, como son, entre otros: Dra. Aymée González Bolaños, Mayra Hernández Menéndez. Jorge Luis Rivas, Emma Artiles Pérez, Dra. Elena Palmero González, Juan Eduardo Bernal Echemendía, Dr. Guillermo Díaz Rodríguez, Jorge Luis Rivas Corrales, Omar Felipe Mauri y Dr. Ramón Luis Herrera.

En 1998 fue publicado Ese niño de La Edad de Oro (Gente Nueva), de José Antonio Gutiérrez, libro que había resultado Premio Especial de Ensayo Centenario de La Edad de Oro del Concurso La Edad de Oro de 1989.

En relación con el género dramático, Freddy Artiles publicó La maravillosa historia del teatro universal (Editorial Gente Nueva, 1989), texto que aborda con énfasis el teatro de muñecos e infantil, y Armando Morales De Vidushaka a Pelusín (Ediciones Vigía, 1998), un muy valioso ensayo sobre teatro de títeres.

La obras de teatro que aparecieron en esta época, también presentan un desnivel entre la fecha de creación y su publicación; así por ejemplo Lluvia de Oro (Gente Nueva), de José R. Marcos, fue Premio Teatro La Edad de Oro 1984 y publicada en 1989; ese mismo año salió Provinciana (Gente Nueva) de Gerardo Fullera León, obra que había sido Premio Teatro La Edad de Oro en 1985, y Para subir al cielo se necesita…, de Esther Suárez Durán, (Editorial Unión, 1997), había sido Premio Ismaelillo de Teatro en 1985. Cito estos tres ejemplos, sin dejar de mencionar Teatro para niños (Gente Nueva, 1992), de Dora Alonso, con un conjunto de obras escritas desde la década del 40 en las que aparece su personaje Pelusín, libro por el que se le otorgó a la autora uno de los Premios de la Crítica de 1992.

Otra obra significativa, de las pocas publicadas del género dramático en el periodo, fue Romance del papalote que quería llegar a la luna (1996), de René Fernández, en una breve colección de Ediciones Papalote.

Una de las características típicas del periodo es el número de libros de autores cubanos publicados fuera de Cuba los que, desafortunadamente, son pocos o nada conocidos por los lectores cubanos. Diferentes causas intervinieron en esta salida de nuestra literatura hacia otras latitudes: una mayor apertura de nuestro país al mundo, la participación de autores cubanos en concursos internacionales, y la residencia de otros en el extranjero.

Antonio Orlando Rodríguez, prolífero autor desde la década del 70, publica entre otros libros: Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, Premio Ismaelillo en 1987, en Costa Rica (Obando Impresor, 1993) y en Venezuela (Rondalera, 1997); también en este país, Pues señor, este era un circo (Rondalera, 1993), galardonado con el Premio La Edad de Oro de 1986); y en Guatemala, El sueño (Artemis-Edinter, 1994), Premio Ismaelillo en 1984.

Sergio Andricaín publicó una antología de poesía cubana para niños: Sobre una nube, un lucero (Sub-secretaría de Educación, Cultura y Deporte del Ecuador, 1994).   Alberto Serret dio a conocer en Colombia La leyenda de la cierva plateada y otras leyendas (Magisterio, 1998), y en Ecuador, La leyenda de la X (La posada de Borges, 1999).   David Chericián publicó en México Uri, uri, urá (Libros del Rincón, 1994) y en Colombia, en 1997, Trabalenguas y Juguetes de palabras, ambos en Panamericana. Por su parte, en Venezuela salió País de dragones (Rondalera, 1993), de Daína Chaviano, Premio La Edad de Oro 1989.

Por su parte, Joel Franz Rosell, quien es el autor cubano residente en el extranjero más vinculado con la vida literaria del país, publicó en Brasil Era uma vez um jovem mago. (Editora Moderna, 1991), el que con algunos nuevos cuentos y esta vez con el título de  Los cuentos del mago y el mago del cuento, se editó posteriormente en España (Ediciones de la Torre, 1995), libro que en esa oportunidad mereciera en Cuba el Premio La Rosa Blanca. Se trata de relatos escritos desde un sentido poético del lenguaje y en los que, sobretodo en el cuento La casa que se hunde, hay una visión más cosmopolita, menos vinculada a la realidad cubana inmediata. A otro libro suyo publicado en España se le entregó la distinción La Rosa Blanca, se trata de Vuela, Ertico, vuela. (Ediciones SM. 1997).

De su autoría son también Para que se enteren de lo traviesa que es Porfiria Xenobia Marieka, la bruja de La Habana Vieja y Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes, ambos publicados en Cuba por Ediciones Capiro en 1999 y 1996, respectivamente; este último título fue publicado también en España (El Arca. Grupo Grijalbo Mondadori, 1996) y en Francia con el título de Les aventuriers du cerf-volant (Hachette, 1998) e integrada a la Selección The White Ravens de la Biblioteca Internacional de la Juventud.

Residente en el extranjero, donde ha seguido publicando, en España y Estados Unidos, Yanitzia Canetti se dio a conocer en Cuba con el libro de cuentos Secretos de palacio (Gente Nueva, 1994) libro que mereció premio La Rosa Blanca de ese año.

Como resultado de haber obtenidos premios en certámenes en el extranjero, tenemos El cerdito que amaba el ballet (Monte Ávila, 1997), de Chely Lima, Premio de Cuento Infantil Juan Rulfo del Concurso Iberoamericano de Radio Francia Internacional de 1997. Esta autora publicó también, en Colombia, El barrio de los elefantes (Colina, 1996), Premio 13 de Marzo de 1987; y en Ecuador La tarde que encontramos un hada (Libresa, 1996).

Ivette Vian obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuentos para Niños Cocorí convocado en Costa Rica en 1992 y producto de ello su cuento aparece, y motivó el título del libro que se editó con las obras finalistas: La luna en Las Quimbambas y otros cuentos para niños  (Dirección General de Cultura. Costa Rica, 1993), donde también se encuentran cuentos de Froilán Escobar y Chely Lima.

Finalistas del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura en su primera edición en 1996 fueron Iliana Prieto y Luis Cabrera Delgado, por lo que al año siguiente salieron en Colombia sus libros publicados por Norma: La princesa del retrato y el dragón-rey y Catalina la maga, respectivamente.

También del Premio Internacional de Literatura Infantil Julio C. Coba de 1999 resultó finalista Pedro Péglez González con su libro Guaminiquinaje, que fue publicado ese año en Ecuador por Libresa. La historia de este texto se ubica en una época prácticamente inexistente en nuestra literatura, la prehispánica, y desarrolla una trama de ficción que nos acerca ―y nos informa― a nuestras culturas aborígenes.

Eddy Díaz Souza ganó el Premio Fundarte de Literatura Infantil de 1993 con su libro Bernardino Soñador y la cafetera mágica (Fundarte, 1993).

Otros libros publicados en el extranjero fueron: Casuarino y el Libro encantado de los Chacaneques de Julia Calzadilla (Editorial Saeta, Colombia, 1999) y De cómo nacen los chiviríes, de Luis Caissés Sánchez, libro que había recibido el Premio La Edad de Oro de 1997 (Eguzki Argitaldaria, España, 1999).

La vertiginosa y profunda crisis económica que afectó a Cuba desde inicio de la década del 90, hizo que la producción de libros se viera tremendamente mermada; no obstante, la creación literaria para niños y jóvenes no se paralizó ni cesó su proceso de desarrollo estilístico y temático. Si por una parte las editoras nacionales y tradicionales que publicaban literatura infantil: Gente Nueva, Abril, Unión y Oriente redujeron al mínimo sus producciones, se crearon editoriales provinciales en varios sitios del país que vinieron a unirse  Ediciones Extramuros, de Ciudad de La Habana, fundada en 1976 (La cuerda del carrusel, 1991, de Menchi Nuñez Uncal, libro Premio Luis Rogelio Noguera de 1989), y comenzaron a publicar literatura de la serie infanto juvenil en plaquette de los más diferentes materiales y formatos, plegables y folletos rústicos de reducida circulación.

Si bien esta medida paliativa ayudó a mantener, de alguna manera, la vida editorial del país, tuvo un efecto nocivo, y fue la posibilidad que le dio a un grupo de creadores hasta ese momento desconocidos de editar obras inmaduras, imperfectas o equivocadas. Abundan los ejemplos, por todo el país, de publicaciones, no sólo bastas y feas, sino también de mala calidad literaria.

Entre las editoriales provinciales, sobresalieron desde primer momento Capiro, de Villa Clara, y Ediciones Holguín, ya existente desde 1986. La primera, además de los libros ya mencionados, publicó en el periodo los libros de poesía Ocurrencias (1991), de Emma Artiles, Paisajes y leyendas (1991), de Jorge A. Hernández y Dice la calabaza (1998), de Rogelio Cárdenas, además de otros títulos de narrativa de Luis Cabrera Delgado: Mis dos abuelos (1992) y Los calamitosos (1993).

El Premio de la Ciudad en literatura infantil fue el principal gestor de la serie para la publicación de Ediciones Holguín, aunque este se convocó por última vez en 1993. En 1990 publicó el premio correspondiente al año anterior: Acuarelas, un poemario de Alberto Lauro Pino; en 1991, el premio de ese año: Cuentos nuevos que parecen antiguos, de Luis Caissés Sánchez, libro que el jurado seleccionó “por su riqueza fabulativa, la sostenida calidad de estilo y su logrado manejo de las alegorías” y que son un conjunto de narraciones que, inspirándose en el hálito de las viejas historias populares, recrea certeramente personajes y situaciones, a las que el autor les insufla una renovadora vitalidad; ese año también se otorgó un premio de poesía y le correspondió a Arsenio Valdés Bruceta por su libro Una historia para contar, que fue publicado el propio 1991, año prolijo pues también salió por este sello editorial la antología Rodas de la bahía, libro que tiene la característica de reunir cuentos, poemas y un texto dramático de cinco autores giabareños. Y por último, de los libros no mencionados anteriormente. Ediciones Holguín publicó en 1992 el Premio de Poesía de ese año: Cofre de estrellas, de Quintín Ochoa. En 1994 entró en lo que la investigadora Ana María Ossorio[7] llama “etapa del silencio”, pues durante el resto del periodo, no volvió a publicar libros de la serie.

Otras editoriales provinciales fueron creadas en esa época fueron: Luminaria, de Santi Spíritus (Las fuerzas telúricas, 1991, de Julio M. Llanes); Sanlope, de Las Tunas (Abracadabra y el abuelo, 1991, de Lesbia de Fe Dotres);; Ediciones Matanzas y Vigía (Los sueños, 1994), cuentos de Aramís Quintero, y Lobito y su conciencia, 1996, teatro de Rolando Arencibia Hernández, respectivamente), ambas de Matanzas; Ediciones Bayamo, de Bayamo (Mariposa, 1991, de Xiomara Silva Duque); Ediciones Hermanos Loynaz, de Pinar del Río (Silbar el alba, 1992, de Alberto Peraza Ceballo); Casa del Escritor Habanero, de Provincia La Habana (Gente buena y verde, 1993, de Ricardo Ortega, texto Premio Literario de La Habana en 1991 y que aborda el tema de la ecología); Ediciones Mecenas, de Cienfuegos (Cuatro compinches de Paran Pampón, 1993, selección de poesía de cuatro autores: Lourdes Díaz Canto, Adelina Toledo, Rogelio Leal y Juan A. Alfonso Roque); y más tardíamente Ediciones Ácana, de Camagüey (Cuentos patatos, 1994, de Nuirki Pérez).

Otros proyectos municipales o de instituciones surgieron, pero casi todos de vida efímera; por los títulos publicados vale mencionar a Ediciones Meñique de la Biblioteca Martí de Santa Clara (El coche de nube, 1991, un poemario de Rogelia Cárdenas, en una edición pintada a mano), al Taller Experimental de Gráfica de La Habana (El hada, la lechuza y la gata del niño triste, 1991, cuento de Enrique Pérez Díaz, en un plegable ilustrado por Enrique Martínez), Papeles de la Rosa Blanca, editorial de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC (Princesa, 1991, de Iliana Prieto) y a Cuadernos de la loma, de Manicaragua, (Esperancita, 1999, un cuento de Alfredo Delgado).

Capítulo aparte merece la editorial San Luis con sus colecciones Operación juguete y Síguenos, la que durante varios de los años del periodo estuvo publicando plegables y minilibros con cuentos de corte dedectivesco o no, pero en los que los héroes o protagonista fueran miembros del Ministerio del Interior (oficiales, policías o bomberos); en este proyecto publicaron muchos de los más importantes escritores de la época, y entre los títulos y autores podemos mencionar a: Perfume de violetas, (1990), de Olga Marta Pérez; La noche del jíbaro, (1993) de Omar Felipe Mauri; La perla azul, (1991), de Enrique Pérez Díaz; El misterioso caso de los maravillosos cascos de doña Cuca Bergantes (1992), de Excilia Saldaña; El caso de la voz ronquísima (1992), de Emilia Gallego; y El anillo de la condesa.

Si, al final, y a manera de conclusión, tuviera que definir en pocas palabras lo que ha sido la literatura infanto juvenil cubana del periodo finisecular del XX diría que es la época de la tenaz persistencia creativa y variedad temática y formal.

El alba del nuevo siglo trajo otras condiciones económicas para el país, y otra será la historia de la literatura para niños y jóvenes en Cuba.


[1] La doble vida de la literatura infantil (sin página), Alacena Primavera Verano 1966. SM. Madrid

[2] La isla de los niños. Ensayos de literatura infantil cubana. Editorial Oriente. Santiago de Cuba. 2002

[3] Una aproximación a la métrica de la poesía infantil cubana en los años 70 y 80, en Encuentro de Crítica e Investigación de la literatura infantil. Selección de textos. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 1993

[4] Misteriosa lealtad: la obra de Excilia Saldaña, en Las claves de la ternura. Selección de textos (III). Encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil Sancti Spíritus. Selección, prólogo y notas bibliográficas de Julio M. Llanes. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 2003.

[5] Dra. Elena Palmero González. María Viriginia está de vacaciones o el elogio de la escritura. La literatura infantil cubana ante el espejo. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 1998.

[6] Ito; el “raro” en la literatura infantil cubana. Revista Encuentro de la cultura cubana 41/42, verano/otoño de 2006. Madrid

[7] Panorama de la literatura infantil cubana escrita y publicada en Holguín en el período 1989-1999. Inédito.