Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald.
Fecha de publicación: 07/22/2009.

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Si el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami concediera premios a las mejores interpretaciones, probablemente uno de los “actores” de Clásicos españoles, del grupo español Los Claveles, estaría entre los candidatos con más posibilidades para obtener uno. Me refiero al intérprete que tuvo a su cargo el papel del Enamorado. Su nombre no aparece reflejado en el programa de mano y, pensándolo bien, quizás ni siquiera tenga uno, pues no se trata de un ser humano, sino de un títere de espuma de goma y cartón piedra. No, no es una broma. Su “actuación” tuvo una intensidad dramática y una plasticidad admirables, y nos recordó que un muñeco es capaz de transmitir un amplio registro de emociones.

Lamentablemente, las obras de títeres para adultos suelen ser excepciones en la programación de las muestras internacionales de teatro. Por eso se agradece la presencia en Miami de los murcianos Paca García y Aniceto Roca con un espectáculo que se aproxima, con diferentes técnicas, enfoques y vuelo artístico, a tres conocidos textos de la literatura española.

Los mayores logros están en el primer cuadro: El Enamorado y la Muerte, recreación de un hermoso romance anónimo (“Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía…”). A través de una gasa somos testigos, primero, del sueño del caballero, de su respiración acompasada, y luego de su tránsito al plano onírico. El montaje sortea los tópicos tradicionales en la representación de la figura de la Muerte (aquí, una elegante y etérea dama vestida de blanco) y consigue una atmósfera lírica y un tempo ralentizado muy efectivos.

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El tratamiento electrónico dado a la voz que desgrana los versos, con ecos y reverberaciones, contribuye a acentuar la carga reflexiva y poética de esta parábola sobre lo efímero de la existencia humana y la inexorabilidad de la muerte. Sin embargo, hay momentos de esta delicada miniatura en que la “coreografía” concebida para el Enamorado se entorpece a causa de detalles en su cadena de acciones que deberían estar resueltos con mayor limpieza.

El segundo cuadro nos remite al universo narrativo de Cervantes. La escena de los molinos de Don Quijote ha sido concebida como un divertimento con juguetes de madera y comienza como un “ballet” con música de Falla y títeres planos de caballeros andantes y dragones. La propuesta del móvil-sol es atractiva, pero poco funcional, por lo que obstaculiza el ritmo de la escenificación. El diseño geométrico del Quijote (lanza en ristre y cabalgando sobre un original Rocinante) y de su escudero aciertan al conjugar líneas rectas y formas volumétricas redondeadas. La atrevida concepción de Sancho hace evocar las esculturas de la etapa inicial de Henry Moore y Barbara Hepworth. Un acierto poético la arena que se derrama, como sintética metáfora del paisaje manchego, sobre la mesa donde se mueven los muñecos.

El breve espectáculo concluye con un acercamiento de carácter vodevilesco, gracioso pero un tanto irrelevante, a la escena del sofá del Don Juan de José Zorrilla. La interpretación hace énfasis en lo paródico (las canciones en la voz de Lucho Gatica) y en el doble sentido sexual.

Clásicos españoles ganaría si sus creadores lograran resolver algunos problemas técnicos e imbricar las piezas del tríptico, que resultan muy independientes. Objeciones aparte, García y Roca son dos actores-titiriteros que conocen su oficio y que se entregan a él con una fruición que contagia. Los Claveles fue una grata alternativa en el Festival.

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