Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: Revista Aplausos, El Nuevo Herald
Fecha de publicación: 07/23/2009

PipaPaz

En la temporada que concluye, Hispanic Theater Guild apostó al humor. Pero su cartelera nos recuerda aquello de “una de cal y otra de arena”, ya que a un estreno refrescante, bien escrito e interpretado, como fue El inconveniente, ha seguido otro de menor envergadura: La pipa de la paz, de la argentina Alicia Muñoz.

Si el único criterio para valorar una comedia fueran las risas que genera, esta merecería grandes elogios, pues el público habitual del Teatro 8 la recibe con frecuentes carcajadas. Sin embargo, esta obra sobre lo difícil que puede ser la coexistencia pacífica en el ámbito familiar resulta cuestionable por su limitado vuelo dramatúrgico y por dar un traspié en el plano actoral.

Los personajes responden a tipos fácilmente reconocibles y los diálogos son fluidos, pero el texto adolece de reiteraciones y lugares comunes (como dirigirse al retrato de un difunto para justificar los soliloquios) que lo lastran. La situación que se plantea en los primeros minutos es prometedora, pero a continuación se echan de menos sucesos fuertes, que alimenten el conflicto e impulsen la acción. La pipa de la paz avanza entre chistes (unos ingeniosos, otros previsibles), hasta concluir con una precipitada y poco convincente solución.

La adaptación de Marcos Casanova acierta al trasladar la acción a Miami, y de hecho algunos de los mejores chispazos humorísticos son alusiones a la vida local. Como director, logra un ritmo sostenido y un correcto uso del espacio, pero falla en la concepción del personaje de Felisa, a cargo de una actriz tan experimentada y competente como Marta Velasco. Que la protagonista tenga matices farsescos no es objetable; el problema es que, tras un uso inicial dosificado de ese recurso, a medida que transcurre la obra Felisa se va convirtiendo en una caricatura hecha con trazos cada vez más gruesos, hasta terminar pareciendo un desconcertante dibujo animado. El momento que mejor ejemplifica esa transformación es cuando la madre se dirige a su hijo, deseosa de conocer cuáles son sus problemas.

¿Eran necesarios esos excesos? En este caso, el fin (hacer reír al auditorio) no justifica los medios (esquematizar el personaje y distorsionarlo). El desempeño de Velasco es meritorio en las primeras escenas, en las que entrega un retrato burlesco, pero moderado, de la anciana. Si moviéndose en ese registro su personaje funciona y divierte, ¿por qué el director y la actriz lo trasladan, sin justificación, a un registro cercano a la astracanada, con innecesarios subrayados y concesiones?

El trabajo de Ariel Texidó en el rol de Daniel, el hijo que trabaja como mediador de conflictos en Naciones Unidas y trata de conseguir un armisticio en el seno de su familia, es muy satisfactorio. Texidó despliega una sutileza y una contención que dicen mucho de su creciente madurez interpretativa. Las reacciones de Daniel ante las actitudes de su progenitora están desarrolladas con una moderación y una picardía efectivas, que preparan el terreno para la catarsis del clímax. Lo mejor: este actor en ningún momento se propone hacer reír. Simplemente, propicia que la risa surja de una réplica, de un gag o de la confrontación de los caracteres. La interacción de Texidó y Velasco resulta productiva al inicio, pero se resiente progresivamente a causa del disímil tratamiento dado a sus personajes.

Ligero y sin muchas pretensiones, este sainete “con mensaje” busca la risa fácil con ingredientes no muy creativos, pero de indudable eficacia comunicativa. Quizás al terminar la función, después de haber visto en el escenario a esta señora conflictiva y experta en chantajes sentimentales, a alguien le venga a la mente el famoso refrán “Madre hay una sola”. Y de inmediato se diga: “¡Por suerte!”.

La pipa de la paz, viernes y sábados, 8:30 p.m.; domingos, 5 p.m. Hasta el 16 de agosto. Teatro 8, 2101 SW Calle Ocho. (305) 541-4841.