Por Antonio Orlando Rodríguez
Especial/El Nuevo Herald

Aire

Cada nuevo montaje de Aire frío, de Virgilio Piñera, es un acontecimiento para el teatro cubano. Por eso, antes de asistir a su estreno por el grupo Avante, releí ese texto paradigmático, pensando que así podría apreciar mejor la adaptación hecha por Raquel Carrió, profesora de dramaturgia del Instituto Superior de Arte de Cuba y colaboradora habitual de Avante.

Comienza la representación: frente a su máquina de coser, Luz Marina se queja del calor habanero (una metáfora de su existencia asfixiante). La magia de Piñera empieza a materializarse. Pero, de pronto, el texto original de Aire frío desaparece y es sustituido por otro distinto. Me pellizco. ¿Estaré soñando? Aunque cueste creerlo, los diálogos que dicen los actores no son los que escribió Piñera. ¡Están a años-luz de su imaginación y de su riqueza de connotaciones! ¿Qué pasó? En el escenario están los miembros de la familia Romaguera de siempre, pero al mismo tiempo, no son ellos: son como sus retratos desvaídos.

El espectáculo prosigue. Aquí y allá, de forma ocasional y aislada, capto algún parlamento de Piñera. El resto del material es apócrifo: un falso Piñera, algo que el gran autor nunca escribió. Y así sigue la obra hasta el final.

Al volver a mi casa, marco en mi ejemplar de Aire frío los parlamentos que se dijeron en la función. Confirmo que fueron muy pocos. Fui a ver una supuesta “adaptación” de un clásico del teatro cubano, pero lo que se representó fue otra obra, con diálogos y estructura muy diferentes, y sin la calidad de la anunciada. ¿Por qué se nos aseguró que era el Aire frío de Piñera? Lo justo habría sido ofrecerla como una obra escrita por Raquel Carrió, inspirada en los personajes y las situaciones del texto de Piñera, y ponerle otro título.

Obviamente, partir del universo de ficción urdido por otro autor y utilizarlo para hacer algo disímil es una opción dramatúrgica lícita. El problema surge cuando esa nueva creación se atribuye al autor del texto usado como base. Si Avante prefirió escenificar el Aire frío de Carrió y no el de Piñera, es una decisión respetable. Lo preocupante es que el público salga de la sala creyendo que vio la obra clásica del teatro cubano, cuando no fue así. Se le dio gato por liebre.

La plasmación escénica de esta deslucida paráfrasis de Aire frío tuvo aciertos que bien merecían haber estado al servicio de la verdadera obra de Piñera. La escenografía de Noa y Balmaseda rompe con la tradición realista asociada con la obra y propone un espacio sugestivo, con vitrales y rejas estilizados, y paredes carcomidas que testimonian el derrumbe de los Romaguera. La música de Mike Porcel propicia una atmósfera entre nostálgica y dramática de gran efectividad. La dirección de Mario Ernesto Sánchez resuelve con dignidad los juegos espaciotemporales del material literario y logra delicados destellos poéticos, como la imagen de Oscar en el barco o la iluminación del árbol de Navidad. El elenco, de primera, hizo lo imposible por sacarle partido a un texto que ofrecía limitadas posibilidades, especialmente en los casos de Ana Viña y Gerardo Riverón. Jorge Luis Álvarez compuso un provocativo y vulnerable álter ego de Piñera; Julio Rodríguez logró una estupenda caracterización como Miranda, y Marilyn Romero demostró tener la energía que demanda una buena Luz Marina (sería interesante verla asumir el personaje tal como lo plasmó su creador).

Lo que el público recibió no fue ni una adaptación ni una versión, sino una especie de “sucedáneo” con énfasis en lo expositivo. En un diálogo que anoté durante la función, Oscar le dice a Luz Marina: “Es tan absurdo que parece un chiste”. Y ella replica: “Sí, pero un chiste cruel”. Esa podría ser una buena descripción de este Aire frío despojado del auténtico verbo piñeriano.

El año pasado, una figura del teatro local me comentó su deseo de llevar Aire frío a escena. Ojalá lo haga: Piñera se merece una reparación, y el público de Miami la oportunidad de apreciar, ¡realmente!, su obra maestra.