Los hermanos Camejo y Carril, con Pelusín del Monte en el Jardín Botánico, 1960.

Títeres cubanos en el siglo XXI, conflictos, sueños y futuro.
(A propósito del 21 de marzo, día mundial de los títeres)

2010 marca el fin del período que estaba destinado a reactivar o sostener aquella hermosa visión que tuvo el investigador y dramaturgo Freddy Artiles, cuando se refirió a la última década del siglo pasado como Boom de los noventa. El especialista se refería a aquellas luces nuevas que inundaron los retablos cubanos mediante el trabajo de jóvenes titiriteros, diseñadores, dramaturgos, músicos y directores. Unos imbricados en grupos establecidos, de sostenida calidad hasta entonces, otros egresados de las escuelas de arte y algunos más formados al calor de maestros con vasta experiencia. Bien diferente es la realidad de hoy. Aquel boom comenzó a declinar no más abrir el siglo XXI, para dolor de esperanzados y amantes del arte milenario del teatro de figuras.

Abocados a la celebración del 21 de marzo, día mundial del títere, también fecha de nacimiento del maestro de maestros Pepe Camejo – pionero de la escena profesional dedicada a los muñecos-, el panorama se presenta más preñado de incomunicación y dispersión que de la necesaria luz, precisada para continuar y crecer, para reactivar o sostener lo alcanzado en aquel boom, lo conquistado en la consolidación de los primeros años de la década del ochenta, sin dejar de recordar la arrancada impetuosa del títere nacional en los recordados sesenta.

Se habla de estancamiento y cansancio en algunos veteranos, de su desidia para la creación. Del uso y abuso del lenguaje simplón, de la moral añosa y esclerosada. Los clichés en la concepción de personajes, la artesanía ramplona, a nivel plástico, de los espectáculos. El vacío del encadenamiento entre líderes y nuevas generaciones, la deformación paulatina de públicos que sólo reciben un teatro muerto, repetido como mueca cotidiana y no como momento feliz de reciprocidad artista-espectador.

Como signo positivo se discute de la búsqueda en algunos practicantes de una poética de trabajo, del estilo que los identifique, que los haga pasar de ese momento en que descubrimos la profesión al desarrollo necesario y esperado, largo camino…

El tema de las especialidades se torna aún más convulso. El rostro se contrae si nos referimos a la música para teatro, o al diseño en general, la escritura de textos, la actuación y animación como un todo, la dirección artística. Las conocidas y gustadas variedades, esa especialidad de comunicación y diálogo con el público, es también motivo de cuestionamiento por su chatura y facilismo. El exceso de personajes zoomorfos y la carencia de personajes niños o niñas, con sus realidades, problemas espirituales y sociales es otra de las aristas de nuestro teatro a tener en cuenta. La inundación de versiones escénicas en las tablas sobre cuentos conocidos y desconocidos, por encima de obras originales, contentivas de historias interesantes, atractivas y bien contadas. El diálogo sordo entre títeres y titiriteros, me explico: figuras que no viven, actores que sobreactúan, muñecos que se sacuden y ¿actores? que no transfieren su mejor energía.

Si le tomamos el pulso ahora mismo a nuestro movimiento, encontraremos zonas de inconformidad, incredulidad, desatención. Se habla de fracciones favorecidas, y de otras subvaloradas y/o desconocidas, de una parte teatral ausente de las memorias gráficas y reflexivas. Lo mismo se dice de la promoción, que no es para todos, sino selectiva y privilegiada, habría que analizar si lo que se divulga no lo merece realmente y si es que lo vale la fracción que se omite. Otro fragmento de nuestro teatro se muestra iracundo, anhela igualdad, poder de decisión sobre su andar y vivir. Otra pretende la prolongación en las escuelas de nuestra práctica titiritera, ignorando acciones precisas y experiencias en este campo.

La parte más relajada se refiere a nuestro movimiento como el ejército de hacedores donde pasan cosas ¨interesantes¨, y ya sabemos el valor de esta palabra en los predios teatrales, puede sonar a trabajo atrayente, encantador y hasta sugestivo, pero nunca de valor tácito, reconocido y respetado. Esos valores los encuentran en lo que viene de otros lares, e intentan ellos mismos repetir una fórmula ajena sin pasarla por el necesario filtro cultural que nos marca. Todo eso se dice y hace desde la postura paternal que cobija a los mayores como reliquias y a los más jóvenes como salvadores de la profesión. Ellos están en el medio, haciendo su labor de hadas madrinas, pero sin una obra sólida que los sostenga y claro con muchos deseos.

Pero colegas, 2010 es mucho más, es el tránsito hacia el fin de un mundo socavado por el odio y el materialismo. Estamos precisados a escoger nosotros mismos hasta dónde queremos llegar, hacia la destrucción de todo o hacia esa integración armónica con el universo que claman las profecías mayas. Es en este momento que conciencia y actitud deben unirse.

Hay estados de creación que no se superaran porque los señalemos, sino porque los enriquezcamos con nuestra propia acción. Que sea la vida la que ponga el punto final, entonces podremos pasar a otro momento de utilidad de lo que ya hicimos. Cada pirámide construida en el pasado por los Camejo, Carril, Fariñas, Farías, Interian o Carvajal es un punto de partida, de estudio, de conocimiento y salto. La continuidad es una tarea voluntaria, no podrá ser nunca organizada ni inducida. Desgraciadamente, como dice el refrán popular, lo que no nace, no crece. Y sí, podemos ayudar con acciones de superación, y se han llevado a cabo, que fue sino entre 1999 y 2006, el Diplomado de Teatro para Niños y de Títeres del Instituto Superior de Arte, coordinado por Freddy Artiles, otra vez su nombre esencial, sino un foro de debate para seguidores o detractores de lo que allí se impartió. Un espacio de acceso a conocimientos que se suman a lo innato, a lo aprendido con cariño al lado de los maestros con o sin pedagogía para enseñar los secretos del género titiritero, o a golpe de la intuición y vocación de cada quien. Pero aún así esto nunca será suficiente, sino que dependerá de la voluntad y la inteligencia de cada persona empeñada en aprender, en seguir conociendo.

No podemos cambiarlo todo como queremos, pero sí podemos removerlo haciendo, convirtiendo nuestro arte en una referencia para ser confrontada con otros estilos y maneras artísticas. Siempre aprenderemos más del policromático arcoíris que de la línea oscura que nos hace andar a tientas o del espejo que nos refleja a nosotros mismos una y otra vez. ¡Bravo por aquellos que se mantienen buscando, incómodos ante lo logrado, insatisfechos con lo aprendido, ansiosos por conocer más!, pero cuidado, ese estado experimental no puede justificar la búsqueda que nunca llega, ni la incomodidad que se vuelve pose, la ansiedad que se muerde la cola creativamente.

Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a que nos apadrinen desde todos los puntos de vista. Desde las posibilidades de enseñanza, superación, materiales, espacios, TODO, lo merezcamos o no. Pues llegó el momento de aterrizar. Hay que poner los pies bien abiertos sobre el espacio que edificamos o debemos fundar. Interesarnos por lo que necesitamos, conquistarlo, ir a su encuentro donde quiera que esté, nos lo proporcionen o no. Hay que saber qué es lo que verdaderamente deseamos ser, por lo que queremos que nos reconozcan, qué línea de trabajo es la que precisamos defender y mejorar, cuáles son sus secretos, dificultades y valores. Recuerdo la historia del Teatro Central de Muñecos de Obratszov, en Moscú, la del Marionetteatern, de Michael Meschke, en Estocolmo, Suecia, la tarea titánica de los hermanos Di Mauro, en Argentina o Venezuela, tres trayectorias que fueron desde la semilla hasta el árbol, lleno de flores y frutos, que sobrevivió a malquerencias de todo tipo, aversiones de los propios colegas, siempre a golpe de compromiso y ejemplo.

Debemos cambiar porque el mundo también está cambiando, se queja físicamente en su naturaleza erosionada y en las cabezas aturdidas de los hombres que quieren una definición, un lugar que aún no han conquistado, y que añoran en la obra de otros, como si estos otros hubieran llegado allí de manera placentera y sin accidentes. Ninguna obra artística que no se sostenga sobre una base firme de creatividad y constancia podrá erigirse en monumento, por mucho que se hable de ella o se favorezca conscientemente, se desmoronaría sola, sin necesidad de que nadie la combata.

Los cambios de que hablo deben ocurrir en nosotros mismos como artistas y suceder para bien. Digo artistas como sinónimo de personas virtuosas, expertas en su arte porque lo aman, lo investigan y lo protegen desde la mayor dignidad y honradez. Nadie podrá ser ciego ante ellos. Ningún poderoso o enterado en la materia podrá minimizarlos, si acaso los hará tambalear por unos instantes y luego tendrá que doblegarse ante la fuerza poderosa y verdadera de estos.

Antes del amanecer es cuando es más oscura la noche. A grandes conflictos, grandes aprendizajes y vendrán las conflagraciones también, inútiles como siempre, pues sólo sirven para desunir y provocar una locura colectiva. Una paranoia que sólo pare procesos de destrucción, y por suerte de evolución y revolución. Por estas últimas apostaré siempre, sin pedir de rodillas o con la lanza en la mano lo que creo merecer. Esa satisfacción vendrá sola, a través del trabajo hasta nuestro retablo, que es nuestro altar no nuestro podio, no sea que por luchar contra las altas plataformas caigamos en ellas ingenuamente para repetir la acción que criticamos, y no tengamos tiempo ya para levantar con nuestro oficio un mundo nuevo y mejor.

Rubén Darío Salazar
Director Teatro de Las Estaciones