Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

En su última noche de espectáculos, el IX Festival Latinoamericano del Monólogo, organizado por la compañía Havanafama, presentó cuatro de las obras mejor acogidas por el público entre las 26 que conformaron la programación del evento. La función se inició con un clásico: Sobre el daño que hace el tabaco, una miniatura escrita en 1886 por Antón Chéjov, interpretada y dirigida por el venezolano Angel Lucena. En el desempeño de Lucena hay que resaltar su respetuoso acercamiento al universo chejoviano: su infeliz Iván Ivanovich Niujin se ajustó con fidelidad a las indicaciones del dramaturgo ruso, tanto en el dibujo físico como en la proyección psicológica. Eficaz y mesurado, Lucena entregó un trabajo que ganaría si prescindiera de un par de alardes “acrobáticos” un tanto desconcertantes dentro del espíritu del montaje.

La rabia, el segundo monólogo de la noche, estuvo a cargo del actor uruguayo-argentino Gualberto González y del director chileno Osvaldo Strongoli. El texto (“anónimo”, según el programa de mano) explora los efectos trágicos de la crisis económica y la desesperanza en la vida de un humilde obrero porteño. González logró un convincente ensamblaje de planos psicológicos y limpias transiciones en su interpretación de Ernesto, el vendedor ambulante de “encendedores catalípticos”. Sin embargo, por momentos el austero dramatismo y la violencia soterrada de la obra fueron asumidos con excesos melodramáticos que restaron sobriedad al trabajo, particularmente en su recta final. El montaje de Strongoli reveló indudables aciertos, aun cuando el uso de la utilería (siete sillas plásticas forradas con papel de periódico) pecó de ilustrativo en algunos pasajes. Más allá de estos señalamientos, la dupla González-Strongoli dio pruebas de su oficio, como lo hizo el pasado año en El acompañamiento.

La segunda parte del programa incluyó dos textos de la cubana Julie de Grandy dirigidos por Gonzalo Madurga. La mala pasada podría describirse como un sketch retro, en el que tanto el personaje como el conflicto, su desarrollo y su resolución resultan previsibles. La esforzada interpretación, de la propia Julie de Grandy, no consiguió trascender las limitaciones del monólogo. La poco imaginativa y plana puesta en escena, y el énfasis en la obtención de la comicidad a través del llanto de la protagonista, conspiraron contra una propuesta llena de estereotipos tanto en su construcción dramática como en su plasmación escénica.

Para concluir la noche, Por fin nos permitió apreciar la fuerza, la malicia y el indudable encanto de la cubanoamericana Ivette Viñas, egresada de New World School of the Arts Conservatory de Miami y fogueada en Herbert Berghoff Studios de Nueva York; una buena actriz que merecería figurar en proyectos de mayor envergadura artística. El texto de De Grandy acierta en el enfoque desacralizador y sarcástico del idealizado tema de la maternidad; pero, si bien contiene pasajes resueltos con indudable ingenio, se ve lastrado por un tratamiento en el que lo narrativo prima sobre lo dramático.

El montaje de Madurga, mucho más creativo que el de La mala pasada, intentó salvar esa deficiencia composicional e hizo un apropiado énfasis en el progresivo desvelamiento del mundo interior de la protagonista y en los desdoblamientos de Viñas en otros caracteres. Aunque Por fin tuvo excesos de dudoso gusto –y soluciones explícitas donde habrían funcionado mucho mejor la alusión y la sutileza–, en el recuerdo queda la actuación inteligente y rica en matices de Viñas.

Sería sumamente productivo que otros actores, directores y dramaturgos de reconocida trayectoria que trabajan en la ciudad se vincularan al Festival Latinoamericano del Monólogo en sus próximas ediciones y lo enriquecieran con sus propuestas. El evento no concede premios, pero Juan Roca, su director, bien merecería uno por su perseverancia y su defensa de un espacio teatral en un momento poco auspicioso.