Juan David Ferrer y Ariel Texidó. Foto: Julio de la Nuez.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald.

A principios de los 1980, en Cuba se hizo un estudio para determinar qué animales de la fauna nacional conocían los escolares de menor edad. La raposa, el oso y el lobezno estuvieron entre los más mencionados. No es raro, pues, que dos personajes de Talco, obra de Abel González Melo estrenada por Arca Images y La Má Teodora, se hagan llamar Máshenka la Dura y Javi el Ruso.

Ambos pertenecen a las generaciones de cubanos que crecieron viendo “muñequitos” soviéticos en la televisión, repitiendo consignas como autómatas y sometidos a caprichosos experimentos pedagógico-militares. Máshenka y El Ruso estaban destinados a encarnar los valores del socialismo. Pero algo falló. Los prospectos de hombre nuevo se nos presentan aquí “hechos talco” por una sociedad detenida en el tiempo, que ha generalizado una “ética de la supervivencia” en la que todo vale.

Talco aborda la problemática del tráfico de drogas y la prostitución a través de cuatro personajes que compendian la desesperanza y la miseria económica y moral del presente de la isla. Por su cautivante puesta en escena y la calidad de las actuaciones, éste es el mejor estreno del teatro hispano de Miami en lo que va de año. El director Alberto Sarraín recrea con autenticidad, una encomiable parquedad estilística y un sombrío y perturbador lirismo, el microcosmos donde deambulan sus criaturas; la sordidez que marca sus existencias, pero también los destellos de humanidad. Sarraín pone de relieve, admirablemente, una urdimbre de emociones y nexos subyacentes que permiten enriquecer y amplificar el alcance del texto.

El diseño escenográfico de Eduardo Arrocha apuesta por una expresiva profundidad para definir cuatro planos que se corresponden con los espacios del cine donde transcurre la acción. Cerca del público, el cartel lumínico de El Mégano es el cráter del Averno; al fondo, en la semipenumbra de los antiguos sanitarios, se alcanzan a ver las entrañas del inframundo. Una eficaz banda sonora insinúa atmósferas y subraya intenciones.

Juan David Ferrer entrega una áspera y vulnerable Máshenka que dice mucho incluso cuando no habla. En su madurez como intérprete, Ferrer demuestra ser capaz de transformarse en cualquier personaje que le encomienden –por peligroso o complejo que resulte– y de hurgar concienzudamente en su psicología. La cuidadosa caracterización, que sortea los lugares comunes del travestismo, y la genuinidad con que transita, en un pestañeo, por sentimientos dispares, son virtudes de un desempeño de primera.

Bien dirigido y con un personaje fuerte y arriesgado a su disposición, Ariel Texidó hace gala de todo su talento, que parece acrecentarse para sacarle chispas a un Javi violento, seductor, pragmático y, por instantes, deliciosamente pueril. Sin dudas, estamos ante el trabajo más depurado de un muy buen actor, de quien cabe esperar aún mayores logros artísticos.

Norberto Correa convence con un Alvaro orgánico y de inquietantes trasfondos. Como La Guanty, Oneysis Valido logra un desgarrado y sobrecogedor primer acto, y una correcta diferenciación de las dos etapas del personaje. En la escena que comparten Correa y Valido, la puesta alcanza una intensidad dramática mayúscula, casi hipnótica; es un momento de alta poesía escénica (que tendría aún mayor resonancia si el actor cantara menos bien). El quinto miembro del elenco, el perro Miki, “interpreta” su rol como todo un profesional.

Este “drama de tocador” adolece de un segundo acto de menor consistencia dramatúrgica. La estructura elegida por el autor exigía más contundentes revelaciones sobre los personajes en las últimas escenas (las primeras, si nos atenemos al orden cronológico de la trama). El dudoso impacto teatral del cierre de Talco en una puesta en escena resulta predecible desde que se lee el texto, pero, curiosamente, Sarraín lo respeta sin añadidos significativos. La explícita situación sexual creada para concluir la representación podrá resultar chocante para algunos, pero más allá de ese efecto provocador, no genera una impresión artística perdurable. La asepsia emotiva está, en teoría, justificada: al fin y al cabo se trata sólo de una retrospectiva; ya presenciamos, antes del entreacto, el verdadero desenlace de la historia. Sin embargo, en la práctica, como remate de un sólido discurso escénico, ese final súbito y deliberadamente seco queda por debajo de las expectativas. Objeción aparte, Talco es un espectáculo amargo y cuestionador, pródigo en aciertos artísticos. Continuará en cartelera dos semanas y ningún amante del buen teatro debería perdérselo.