Grettel Trujillo. Foto: El Nuevo Herald.

Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

En el 2007, Josefina la viajera, de Abilio Estévez, tuvo su estreno mundial como parte de un programa doble presentado por Hispanic Theater Guild. La reciente reposición de Maroma Players permitió a unos apreciar nuevamente ese meritorio trabajo del director Rolando Moreno y la actriz Grettel Trujillo, y a otros disfrutarlo por primera vez. En su componente visual, el espectáculo se mantiene fiel a la puesta original, pero el tiempo ha permitido a sus creadores revisar la propuesta para, por una parte, decantarla, y por otra, enriquecerla con nuevos elementos y matices.

Presentar el unipersonal en la salita de Teatro en Miami Studio es el primer acierto de la reposición. En ese espacio mínimo se consigue generar una enriquecedora intimidad, una relación de mayor complicidad y calidez con el público. Ahora, Josefina Beauharnais –nacida en Alto Songo y viajera impenitente– recibe a los espectadores a medida que estos entran al local y, en un ejercicio de improvisación que adelanta algunos elementos del texto dramático, dialoga con ellos y les hace confidencias por separado.

El personaje de Estévez nos remite a otros que, en la literatura y el cine, atraviesan épocas y devienen testigos del paso del tiempo y de las transformaciones sociales; una variopinta familia que pareciera tener el don de la inmortalidad, a la que pertenecen, entre otros, el/la protagonista de Orlando; Francisco el Hombre, el anciano músico trotamundos de Cien años de soledad, y el Abuelo Eterno de Siberiada.

En esta indagación sobre nacionalidad y exilio, el periplo de Josefina –equivalente al azaroso destino de su país como república– le permite a la vagabunda concluir que Cuba “no es una isla, sino un animal inmenso, que nos devora estemos donde estemos”. El personaje es mucho más complejo de lo que parece: si inicialmente nos engaña con una historia patriótica (“tan bonita y tan falsa”), termina convenciéndonos de que las invenciones con que embellece su vida constituyen una nada desdeñable defensa de la libertad; una suerte de proclamación de independencia sustentada en el derecho a imaginar (un principio que bien podría añadirse a la Declaración universal de los derechos humanos).

Grettel Trujillo vuelve a recorrer con seguridad –más dueña de un papel desafiante– los vericuetos de un texto que le da la posibilidad transitar de lo dramático a lo cómico, de lo prosaico a lo lírico, en un exigente juego de desdoblamientos y citas poéticas. La actriz se transforma en una anciana de 120 años que, en un abrir y cerrar de ojos, puede regresar físicamente a diferentes etapas de su existencia, y cautiva al público con la generosidad y la calidad de orfebrería de su entrega.

La reposición concede más relevancia a la música. Con arreglos para piano de Lázaro Horta, Trujillo interpreta fragmentos de distintas melodías –desde composiciones de Luis Casas Romero, Ramón Espígul, Julio Brito y Concha Valdés Miranda hasta un tango de los hermanos Expósito– insertadas con efectividad en el texto. Las luces de Ernesto García subrayan con delicadeza algunos momentos clave.

En el pasado mes de marzo, durante la conferencia Protagonistas de los 60, el nombre de Rolando Moreno fue uno de los más mencionados en el transcurso de la sesión que se dedicó al diseño escénico en la década de oro del teatro cubano. Después de observar los diseños de vestuario que este artista hizo en La Habana de 1965 para el montaje de Casa de muñecas por el Conjunto Dramático Nacional, y de compararlos con el concebido para Josefina la viajera, resulta evidente que la destreza para caracterizar física y sicológicamente a un personaje a través del atuendo ha sido siempre una de sus virtudes. La imaginativa escenografía, obra también de Moreno, conjuga sencillez e impacto visual para definir una imagen escénica elegante, en la que cada elemento de la utilería –el titilante candil, el puñal malayo– responde a una voluntad plástica.

Gracias a Moreno y a Trujillo por posibilitar el regreso a la escena de Miami de la viajera Josefina (y, con ella, de un destacado dramaturgo cubano), y por demostrarnos que, en ocasiones, lo bueno puede convertirse en algo aún mejor.