Teatro Prometeo. Foto: Sara Maccrani.

Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Es una pena que Lección para señoritas sólo se haya presentado tres noches, pues no es frecuente ver a un grupo de alumnos de actuación pasarla tan bien en un escenario y establecer una conexión tan estimulante con el público. La flecha de Teatro Prometeo dio en el blanco. Y es que –pienso yo– un espectáculo de este tipo, inscrito en un programa de entrenamiento profesional, debe hacer énfasis, ante todo, en el desempeño de los estudiantes: en darles la posibilidad de ganar seguridad, crecer artísticamente y gozar de la representación. Poner la puesta en función de los jóvenes intérpretes y no viceversa.

En Lección para señoritas, el punto de partida de la directora Jacqueline Briceño parece haber sido no exigir a su elenco más de lo que, por el momento, éste puede dar. En vez de empeñarse en que los estudiantes malinterpreten un Hamlet o una Laurencia, ha preferido, con mucha sensatez, asignarles roles adecuados para este momento de su formación. El acierto de la decisión y la habilidad con que ha sabido guiar a sus discípulos resultan evidentes.

Da gusto apreciar cómo el grupo se zambulle en un ameno juego escénico que le brinda la posibilidad de mostrar sus fortalezas y que, de forma muy atinada, procura disimular sus lógicas debilidades. Con su refrescante trabajo –sustentado en la lúdica y el desenfado juvenil–, Briceño logra que estudiantes que hace poco nos parecieron “muy verdes”, sorprendan con una mayor desinhibición y seguridad en las tablas.

Lección para señoritas es una grata reescritura de La escuela de las mujeres, de Molière, comedia satírica que, tres siglos y medio después de su estreno, conserva su vigencia. Briceño sitúa la acción en los “locos años 1920” y propone un festivo acercamiento al burlesque. La trama transcurre entre canciones, bailes y cambios de vestuario: opción atrevida, pero curiosamente fiel a los personajes y las situaciones imaginados por el escritor francés.

La puesta usa con libertad el espacio escénico y está llena de inventiva, en especial el esperpéntico cuarteto de criadas. Jorge Noa y Pedro Balmaseda redondean el espectáculo con sus diseños de escenografía (cortinas, bancos de madera) y vestuario (exquisito el atuendo de Inés). Apropiados, igualmente, el maquillaje y la peluquería, creación del grupo de estudiantes, y las luces de Carlos Cedano y Alina Collazo. La música de Camilo Bermúdez e Iván Guerrero (con versiones de temas de Cabaret y Chicago, composiciones originales y grabaciones antiguas de fox trots) es otro acierto, al igual que las efectivas coreografías de Suzy Leandro, concebidas para que los actores nos convenzan de su “pericia” al bailar el charleston.

Con una expresión corporal que va y viene de lo guiñolesco a la gestualidad de las comedias silentes, Lección para señoritas logra uno de sus mejores momentos en el fragmento ¨a lo Ziegfeld Follies”, una hilarante parodia con exuberantes abanicos y penachos de plumas verdes. Sin embargo, Briceño prolonga más de lo recomendable el uso del estroboscopio en una de las escenas y desaprovecha la figura del regidor del cabaret, que habría podido desempeñar un papel más significativo en la adaptación.

Lola Sanxenxo, Katia Pineda, Hannah Ghelman y Cristina Ferrari son las sirvientas “métome-en-todo” (Ferrari se desdobla muy bien en la etérea Inés). Guillermo Pérez sale airoso como el excéntrico Arnolfo, y Jimmy García entrega un romántico y ligero Horacio. El elenco se completa con Lucas Ackermann como el regidor del cabaret. El grupo de estudiantes de Argentina, Colombia, Costa Rica y Venezuela aún tiene un largo camino por delante, pero este trabajo (su pieza de graduación de segundo año) pone de relieve un indudable potencial. Aplausos para Jacqueline Briceño y su troupe.