Miriam Bermúdez e Yvonne López Arenal. Foto: Ernesto García.

Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Quienes visitaron semanas atrás la muestra Carlos Enríquez: The Painter of Cuban Ballads en la galería Cernuda, probablemente hayan quedado seducidos por los retratos que el artista cubano hizo en los años 1940 a su esposa y musa Eva Fréjaville. Cuánto hubo de idealización en la forma en que Enríquez plasmó a la joven francesa es algo difícil de saber, pero lo cierto es que los cuadros la presentan como un epítome de la belleza y la sensualidad femeninas. Atraída por la leyenda de esa mujer, la actriz, dramaturga y directora Yvonne López Arenal la recrea como personaje en La noche de Eva.

La obra nos convierte en testigos de un hipotético y caprichoso encuentro entre los espíritus de Eva Fréjaville y de Simone de Beauvoir, figura clave de la filosofía existencialista y del feminismo. Una primera imagen las revela reconociendo el espacio escénico y redescubriendo sus cuerpos en los espejos. Ninguna de ellas ha elegido esa cita y no saben con certeza para qué están allí.

¿Qué tienen en común? Su condición de mujeres, su nacionalidad, ser contemporáneas y sus vínculos con la cultura. Sin embargo, hay otro nexo que las une: las relaciones que sostuvieron con los protagonistas del “diálogo imaginario” publicado, en marzo de 1960, en el semanario Lunes de Revolución; un texto en el que el cubano Virgilio Piñera recreó su supuesta conversación con el francés Jean Paul Sartre, el ¨adelantado” de una izquierda europea deseosa de que la Revolución cubana anunciara su carácter socialista. Un documento revelador, que admite lecturas entrelíneas, donde el siempre irónico Piñera no puede evitar burlarse sutilmente del reverenciado filósofo y “desacralizarlo”, y en el que también –como un mea culpa ideológico– renuncia a su obra Los siervos, inadecuada en el nuevo contexto social de la isla.

El carácter no realista de la premisa permite a López Arenal asumir la composición de La noche de Eva con libertad imaginativa y pinceladas humorísticas (el absurdo chotís), pero por momentos el texto se ve lastrado por las abundantes referencias históricas y culturales insertadas a manera de pistas para orientar al espectador. El carácter informativo de esos parlamentos conspira contra una aproximación más sustanciosa a Eva, Simone y sus circunstancias, y resta fuerza al contrapunteo generado por sus actitudes y sus maneras antagónicas de entender la vida.

Las notas de Rosa Ileana Boudet en el programa de mano favorecen una recepción, si no completa, al menos suficiente, de algunos de los personajes y hechos a que se alude en la pieza. Aun así, el énfasis en detalles muy específicos (por ejemplo, la comparación entre los comportamientos de Piñera y de Nikita, personaje de Los siervos, una de sus creaciones menos difundidas) presupone conocimientos de difícil posesión para el espectador promedio. A la construcción dramática hay que objetarle, además, un vacilante desarrollo que desemboca en un final de dudosa efectividad.

El montaje de López Arenal tiene indudables aciertos visuales. Mario García Joya concibió un elegante diseño de luces y sombras, operado con precisión, y la escenografía de Eduardo Arrocha amplía creativamente el escenario de Teatro en Miami Studio con diferentes niveles y espejos que participan, con silenciosa complicidad, en el juego de revelar las aristas de los personajes. El vestuario en negro de Julio Villegas subraya tanto la sensualidad de Eva como el desdén de Simone por la coquetería femenina, y propone expresivos chales blancos y zapatos rojos como elementos confluyentes.

En la función del viernes 12 de junio, el desempeño de las actrices fue correcto y equilibrado: Yvonne López Arenal dibujó con organicidad la naturaleza hedonista, la frivolidad y la perspicacia de la Fréjaville, mientras Miriam Bermúdez entregó, como contrapartida, una cerebral y contenida Beauvoir, de proyección vocal quizás un tanto apagada en algunos pasajes.

Más allá de los señalamientos a la dramaturgia y de algunas soluciones reiterativas o naïves (los espectros “alimentándose” del público) del montaje, en este primer espectáculo de Akuara Teatro hay que celebrar su voluntad estética, la cuidada factura técnica y, sobre todo, la intención de aportar a la cartelera una propuesta que apele al intelecto y no a la trivialidad. En los tiempos que corren, no es poca cosa.