Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Buenas interpretaciones y un montaje sencillo pero eficaz hacen que El ágel de la culpa por Nuevoteatro66 sea un acierto

“El público es una especie de detective colectivo que quiere descifrar un misterio. Todas las piezas teatrales son misterios. ¿Qué pasó aquí? ¿Qué va a pasar aquí? No lo expliques. Que lo descubran”, apunta el teatrista y psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra en Cartas a un joven dramaturgo. Su obra El ángel de la culpa (1996), que Nuevoteatro66 presentó el pasado fin de semana en su sede de la Calle Ocho y la tercera avenida del South West, podría ser una buena sustentación de esa premisa.

En la escena de un crimen, un detective interroga al joven sospechoso de haberlo cometido. El policía revela, desde el inicio, su malhumor: aunque no está de turno, se ha visto obligado a abandonar su madriguera a altas horas de la noche, interrumpiendo un video porno y una sesión de masturbación, para hacerse cargo del caso. En la ciudad –se queja– se producen demasiados delitos: “Necesitarían un ejército de ángeles con espadas de fuego para poner todo en su lugar”. Él es uno de esos ángeles vengadores encargados de velar por el cumplimiento de la ley. Un ángel caído que no tarda en hacer patente su resentimiento social y su naturaleza corrupta y homofóbica.

A su manera, el investigador realiza una plausible reconstrucción de los hechos y de las motivaciones del asesino. El joven escucha su diatriba sin decir palabra, lo cual no significa exactamente que permanezca en silencio: las diferentes formas en que reacciona a las suposiciones y confesiones del detective constituyen parlamentos mudos, pero cargados de significación; quizás tan reveladores como la frase con que romperá su mutismo.

Esta apocalíptica y desesperanzadora fábula urbana de Marco Antonio de la Parra es materializada por Miguel Ponce con una austeridad casi franciscana: ausencia de banda sonora, escasas luces (que permanecen fijas durante buena parte de la representación) y, en el espacio escénico desnudo, dos sillas, las marcas de una cuadrícula y el contorno de un cuerpo humano dibujado sobre el piso. El montaje apuesta por un ritmo incisivo, inquietante, que se apoya en los nerviosos desplazamientos del policía, y sorprende al extender la representación –por decirlo de algún modo– “tras bastidores”.

La función del viernes 18 de junio fue un tour de force que los actores afrontaron con profesionalismo. La interpretación de Miguel Ponce del “ángel negro que viene a limpiar los desechos de los bajos instintos” fluyó de principio a fin, sin tropiezos ni vacilaciones. Se trata de un actor seguro, que está de vuelta de (casi) todo; dueño de un apreciable arsenal técnico que le permite recorrer el texto con malicia y sacarle el jugo a cada frase, encadenar con limpieza transiciones enérgicas o sutiles, y sostener una caracterización gestual que da cabida a dosificados tics (como los dedos en la nariz, que hacen sospechar su afición por la cocaína). Por su parte, George Riverón funcionó como una correcta “caja de resonancia” que consiguió responder a cada estímulo. Su acercamiento al asesino hizo énfasis en la fragilidad y la indefensión del personaje, subrayando su condición de adolescente, y acertó al prescindir de cualquier elemento que pudiera sugerir explícitamente atractivo físico o sensualidad erótica.

“Yo no sé si existe Dios, pero el diablo sí que existe”, asegura el protagonista de este relato noir con resonancias bíblicas; un thriller sin fastidiosas moralejas, a no ser que quiera verse como tal la pragmática conclusión a la que llega el policía: “Hay cosas que no se hacen. Y si se hacen, no se dicen”. Verbalmente frondosa y minimalista en su puesta en escena, El ángel de la culpa invita a reflexionar sobre la alarmante tendencia de los medios de difusión masiva a la “espectacularización” del crimen y también sobre la paradoja de sociedades que con una mano propician el delito y con la otra pretenden erradicarlo.

La consistencia del texto elegido, las buenas interpretaciones y el sencillo pero eficaz montaje convierten este espectáculo en un acierto de Nuevoteatro66.