Julio Matas

Por Olga Connor
Fuente: El Nuevo Herald
Correo-e: olconnor@bellsouth.net

Típicamente, su madre no quería que fuera actor. Su hijo tendría que ser abogado. Pero típicamente también, el hijo complació a la madre, estudió Leyes, y luego se dedicó a actuar. Gracias a eso conoció muy tempranamente a Virgilio Piñera, el gran dramaturgo cubano, a través de Mercedes González, profesora del Instituto de la Víbora que muchos disfrutamos en aquella institución como directora del grupo de teatro. Lo demás fue quedándole de maravilla a Julio Matas, quien se reconoce como uno de los dramaturgos cubanos más importantes de estas últimas décadas.

Matías Montes Huidobro lo ha clasificado como “de la vanguardia intelectual de fines de los cincuenta”, que procedía “del teatro del absurdo y de la crueldad”, junto con Antón Arrufat, quien permaneció en Cuba. Ha escrito además poesía, cuentos, novela y ensayo, e incontables artículos académicos como catedrático de la Universidad de Pittsburgh, donde ejerció por 25 años.

“Desde niño yo tenía siempre una fijación con el teatro, representar las cosas”, cuenta Matas en su apartamento de Miami Beach. “Formé un pequeño grupo con los niños del barrio de la Víbora donde vivía; hacíamos los sainetes de los hermanos Quintero, pero aquello no trascendía. Cuando iba a ingresar en la Universidad [de La Habana] decidí matricularme también en el seminario de artes dramáticas que dirigía [Luis] Baralt, y me fui entrenando en todos los aspectos del teatro en aquel período [del año 48 al 52], de luminotécnico, asistente de dirección y por último actor, porque quería probarlo todo; era una vocación a la cual le di toda su rienda en aquel momento”.

Matas no llegó a estudiar literatura en Cuba porque su obligación filial era el Derecho. “Estudié Derecho, porque mi madre se empeñó; mi padre había sido juez, y ella lo adoraba aún después de su fallecimiento, cuando yo tenía seis años. En mi casa estaban todos los comentarios de [José María] Manresa del Código Civil. Mi madre los tenía guardados para cuando yo fuera abogado. Yo era hijo único”. En el Instituto había hecho ya varias obras con González, incluso La Numancia, de Miguel de Cervantes. Desde la Universidad seguía colaborando con ella. Y luego repitió la experiencia con sus alumnos en Pittsburgh, “cuando dictaba cursos de teatro, hacíamos representaciones, como La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón, y los alumnos participaron con un entusiasmo enorme”.

El cambio. Vivian Morales y Yesler de la Cruz en Havanafama. Foto: Belkis Proenza.

“En Cuba, la primera obra que escribí fue La crónica y el suceso, en cierto modo la lectura aquí en Teatro en Miami Studio hará un año, fue el estreno, porque en Cuba, como no tenía problemas políticos, no interesó”. Era el año 1964, tenía 33 años, y estaba a punto de salir de la isla. Antes se habían publicado poemarios suyos, Homenaje (1958) y Retrato de tiempo (1959), mientras aún estaba en Harvard, donde le habían dado una beca como asistente para estudiar la Maestría en el año 1957.

En la década de los 1950, Matas se encontraba con sus amigos en Nuestro Tiempo, una sociedad cultural, donde exhibían Wifredo Lam, Fidelio Ponce, Agustín Fernández y muchos más, y celebraban conferencias y películas, aunque no se proclamaba el secreto de que estaba inspirada por los comunistas hasta después del año 59. En 1954 dirigió Medea, de Eurípides, y en 1956 La soprano calva, de Ionesco. “Yo me lanzaba, tenía 23 años”, se asombra. Entonces Virgilio Piñera regresó de la Argentina donde había estado unos años y reanudaron la amistad, al tiempo que se fundaba la revista Ciclón, que financiaba José Rodríguez Feo.

“Surgió por una diferencia de opinión entre [José] Lezama y Rodríguez Feo, era una especie de bofetón a Orígenes. Participé en cierto modo, porque Ciclón se hacia en casa de Virgilio, y aunque no publicaba nada ahí, colaboré con ellos”, cuenta.

Trabajó por esos años previos al ICAIC con Tomás Gutiérrez Alea, Ramón Suárez y Néstor Almendros en cortos fílmicos. “Hicimos una versión de un cuento de Kafka que se llamaba Una confusión cotidiana”, recuerda. “Eran dos individuos que habían concertado una cita de negocios y nunca se producía el encuentro. Otra cosa que hice fue un monólogo de Hamlet, que me iba leyendo Natividad González Freyre, y yo lo trasmitía, sin hablar, con la mirada, pero todo el mundo pensaba que era muy aburrido”.

Recuerda también las obras que se representaban en la Plaza Cadenas de la Universidad, donde no había techo, y Ramón Valenzuela, que organizaba las funciones, sabía la fecha exacta a principios de agosto en que no habría lluvias. Se podían ver las obras clásicas entre la columnata, como la Medea con Violeta Casals, y se hizo también Agamenón. ¿Fue eso lo que les influyó a todos ellos a escribir versiones modernas del teatro y los mitos griegos? ¿Por ejemplo, su obra El extravío (1987-88), la única puesta en Miami por el teatro Avante en 1992, que se basa en el mito del Minotauro? “No, fue una coincidencia. Virgilio escribió Electra Garrigó mucho antes de las obras clásicas de Baralt. Era la época, estuvo de moda traer las obras clásicas al presente, Camus hizo el personaje de Calígula, y Sartre, en Las moscas, resucitó a Orestes”. En El extravío, explica, quiso utilizar los paradigmas del mundo antiguo, aunque no hay ninguna obra escrita sobre Teseo y Ariadna, pero el mito de Creta le pareció extraordinario.

Juego de damas. Laura Zarrabeitia, Vivian Morales y Mercedes Ruiz en Havanafama. Foto: Belkis Proenza.

Uno de los puntos culminantes en la vida de Matas fue el haber sido escogido en 1963 para desempeñar el papel de Oscar de Aire frío, el alter ego de Piñera, que fue filmada en video. “La idea que teníamos todos cuando se estaba ensayando la obra era que la gente se iba a ir, porque era demasiado larga, y aquello fue un éxito tan grande que estábamos asombrados; el público reía y lloraba. Me sentí realizado”. Pero fue imposible seguir resistiendo. Cuando regresó de Estados Unidos a principios de la Revolución le habían dado un puesto de director en el Teatro Nacional y se le ocurrió presentar una obra de Thornton Wilder llamada Our Town (Nuestro pueblo), la gente protestó porque era una obra norteamericana. La directora del Teatro Nacional, Isabel Monal, había sido escogida por méritos revolucionarios y no lo respaldó. Pero recuerda que otros la pasaron peor. “Virgilio tuvo que sufrir más de lo que conocemos aquí, porque como castigo hasta lo colocaron de portero en algún lugar”.

Al salir por España les escribió a sus antiguos profesores de Harvard, Raimundo Lida y Stephen Gilman, una carta muy alarmante, “que estaba caminando por la cuerda floja”, y lo recomendaron inmediatamente a una cátedra en la Universidad de Pittsburgh, desde donde escribió a través de los años una serie de obras dramáticas que se reúnen mayormente en El rapto de La Habana (2002) y, finalmente una novela, aquí en Miami, Entre dos luces (2003), que confiesa será la única, porque es demasiado laborioso. Para él los géneros literarios, sobre los que ha escrito el libro de ensayos La cuestión del género literario (1979), dependen de lo que se quiera decir, porque “la literatura es un medio de comunicación de lo esencial, que funciona en distintos niveles: como un acto emocional emotivo, como un acto intelectual y al mismo tiempo como obra de arte”.