Foto: Gilliam de la Torre

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

El Público, uno de los grupos emblemáticos de la vanguardia teatral cubana, se presentó en Miami Beach como parte de Out in the Tropics, festival organizado por Fundarte y Tropical Wave Productions.

La visita de la compañía despertó la curiosidad de muchos, en especial de quienes fuimos testigos de la sacudida que Carlos Díaz, su director, dio a la escena de la Isla en 1990 con sus montajes posmodernos de Zoológico de cristal, Té y simpatía y Un tranvía llamado Deseo. Dos décadas después, la versión del melodrama lésbico Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Rainer Werner Fassbinder, permite reencontrar algunos de los rasgos con que, al parecer, Díaz ha definido una estética propia y consistente. Entre ellos, la voluntad de resignificar el texto; lo paródico como medio de extrañamiento y comentario de la realidad nacional; un estilo de actuación no realista, donde el lenguaje corporal reviste gran importancia; generosos guiños a la sensibilidad gay y, en especial, la noción de espectacularidad heredada de su maestro Roberto Blanco.

Sin embargo –con perdón de Gardel–, veinte años son mucho. Así lo prueba la equilibrada y sobria partitura con que El Público se apropia de la obra de Fassbinder. Este reciente trabajo de Carlos Díaz pone de relieve una madura estilización de aquella festiva y desbordada imaginería escénica que lo colocó, hace dos décadas, en el centro del mapa teatral cubano.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant es la desgarrada crónica de un amour fou que involucra a tres mujeres, pero también algo así como una “educación sentimental” para sádicos y masoquistas. Es una indagación, en clave casi guiñolesca, de los vínculos entre la pasión amorosa y las expresiones del poder. La relación que entabla la exitosa diseñadora Von Kant con la vulgar y arribista Karim es una réplica de la que sostiene con su asistente y devota esclava Marlene; sólo que, mientras en la primera Petra ama demencialmente y suplica reciprocidad a la depositaria de su afecto, en la segunda es un inalcanzable objeto del deseo que humilla sin piedad a su adoratriz.

La decisión de encomendar los roles de Petra, Karin y Marlene a intérpretes masculinos amplifica la repercusión de una historia que, más allá de su envoltura lésbica, habla de pasiones destructivas y de la necesidad de amar y ser amado de cualquier ser humano.

Pretender que Díaz plasmara “tal cual” el universo de Fassbinder sería como pedirle plumas a un ornitorrinco. A su manera, el director es sumamente fiel a la letra y las premisas del melodrama, sólo que lo adereza con su impronta, que se pone de manifiesto en detalles como los globos de colores que estallan cuando Petra los pincha con sus tacones o en las alegóricas alusiones al universo de la moda y las pasarelas.

El elenco sorprendió por su profesionalismo. El trabajo de Fernando Hechevarría como la Von Kant podría definirse como un gozoso y abarcador recital histriónico. Yanier Palmero logró una estupenda caracterización, de singular intensidad, como la silenciosa Marlene. La masculinidad y la seguridad proyectadas por Léster Martínez realzaron su Karim. Ismercy Salomón hizo gala de una gestualidad y un alarde vocal sobresalientes en su caricaturesca Sidonie. Alicia Hechevarría aportó candidez y luminosidad. Y los escasos minutos en que estuvo sobre el escenario bastaron a Mónica Guffanti para convencer a quienes no la conocían de su calidad como actriz. La evocación de Pierre (un elemento prescindible dentro de la puesta) estuvo a cargo de Carlos Caballero. El diseño de vestuario de Vladimir Cuenca y la escenografía de Roberto Ramos Mori constituyen elementos clave del montaje.

La inserción de la narración paralela conformada por canciones en la voz de Marta Strada es otro acierto. Los primeros espectáculos de Carlos Díaz concluían con una suerte de himno vibrante: La tómbola, interpretado por la legendaria baladista cubana. Ahora, el cierre vuelve a estar a cargo de la Strada, quien canta enérgicamente: “Si yo tuviera una escoba… ¡cuántas cosas barrería!” Veinte años después, Ouroboros se muerde la cola: El Público es el mismo y, a la vez, otro. Apreciar en Estados Unidos su provocativo “teatro de resistencia” resultó estimulante. Quizás la simbólica escoba de la Strada esté barriendo muchas cosas allá y una que otra aquí…