Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Concisión, fluidez, irreverencia y metaficción son algunas de las palabras que vienen a la mente cuando los cuatro intérpretes de Más pequeños que el Guggenheim saludan al público al concluir la representación. En el XXV Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, que incluye cuatro obras de México, país invitado de honor, este espectáculo escrito y dirigido por Alejandro Ricaño reviste un atractivo especial por tratarse del único grupo que no proviene de la capital azteca. Los Guggenheim llegaron desde Xalapa, Veracruz, para recordarnos que la libertad creativa, la imaginación y la autenticidad se pueden generar en cualquier ámbito geográfico.

La fábula de Más pequeños que el Guggenheim se inicia cuando el flemático dramaturgo Gorka (Austin Morgan) y el sanguíneo director Sunday (Adrián Vázquez) deciden falsificar sus certificados de nacimiento para hacer creer que tienen 35 años y poder optar por una beca que les permita emprender un montaje teatral. El proyecto de obra que presentan al concurso se inspira en la experiencia que ambos vivieron, una década atrás, cuando fueron a España con la ilusión de abrirse un espacio allí. Un viaje del que volvieron derrotados en más de un sentido.

Para llevar a cabo su plan, dramaturgo y director necesitan de un grupo, y como por arte de magia aparecen dos ingenuos candidatos a actores. Uno de ellos es Al (Rodrigo Hernández), un albino objeto de burlas y con una patética historia familiar; el otro se llama Jamblet (así, con j y con b) y es un cajero con un coeficiente de inteligencia bastante por debajo de lo normal (Hamlet Ramírez lo interpreta con una grata y bien dosificada vis cómica).

A través de un discurso dramático que combina afilados diálogos con narraciones en primera persona, conocemos tanto los antecedentes de la historia como los contratiempos que enfrenta este cuarteto de perdedores desde que inician el montaje de su obra (¡titulada Los insignificantes!) hasta su estreno en una función “a beneficio de los albinos”.

La pincelada melodramática que introduce la muerte de la hija adoptiva de Gorka se compensa con numerosos y punzantes elementos satíricos. En especial, el “homosexualismo vocacional” que revela Sunday, un en apariencias prototípico “macho mexicano” que, en cuanto bebe unos tequilas de más, besa al hombre que tenga más cerca. (Una variante de este espécimen ya había sido dibujada por el cineasta Jaime Humberto Hermosillo, en 1987, en su sátira Clandestino destino.)

Con esta comedia burlona y tierna, que habla de sueños que parecen imposibles de realizar, de perseverancia y de confraternidad, Ricaño obtuvo hace dos años el Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido. Su dinámico montaje, apoyado en una escenografía mínima y un acertado diseño de luces, entrega interpretaciones convincentes y algunas soluciones hilarantes. Sin embargo, el preámbulo (coreografía a lo The Full Monty incluida) admitiría una beneficiosa síntesis. En resumen: una propuesta que, aunque habla de gente “insignificante”, resulta significativa tanto por su humanismo como por su sencilla y desenfadada plasmación escénica.