Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

JOANN MARIA YARROW PRESENTA UN MONTAJE SOBRESALIENTE CON EL GRUPO PROMETEO

Dos años atrás, Joann María Yarrow sorprendió al entregar, con los estudiantes de Prometeo, una muy grata versión de Los intereses creados, de Jacinto Benavente. Tanto por su género como por su temática, Filo al fuego, el nuevo estreno de esta directora en el marco del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, difiere radicalmente de la anterior. Los personajes de la commedia dell’arte han dado paso a aguerridos boxeadores latinos que se disputan el título de campeón mundial y que, al mismo tiempo, pelean con otros rivales incorpóreos y aún más peligrosos: los fantasmas de su sexualidad. Yarrow ha vuelto a lograr un montaje sobresaliente: enérgico, contemporáneo y con una profesional factura técnica.

El diseño escenográfico de Jorge Noa y Pedro Balmaseda es el verdadero “campeón” de esta superproducción, con un impactante ring de boxeo ubicado frente a las narices de los espectadores, enormes pushing bags, carteles en blanco y negro anunciando combates, altísimos puntales y ventiladores prehistóricos. Más que una escenografía, es una ambiciosa intervención del espacio del Wolfson Campus Auditorium del Miami Dade College; un logrado trabajo que nos traslada a un mugroso gimnasio, a la arena deportiva y a los clubes nocturnos de una hipotética Miami de medio siglo atrás. El dispositivo se complementa con dos pantallas laterales que enriquecen la trama con un archivo visual muy bien producido.

La percusión en vivo de Camilo Bermúdez y Andrés Enciso enriquece el montaje con un ritmo electrizante, a lo Mongo Santamaría, mientras las luces de Gonzalo Rodríguez delimitan espacios y acentúan atmósferas. La presencia en el equipo de creación de expertos en boxeo explica la autenticidad de los entrenamientos y los combates.

Las actuaciones –en su mayoría a cargo de novatos– evidencian un esfuerzo meritorio en los casos de Anthony Bless, Luis Fuentes, Sarah Córdoba, Ariel Polo, Orlando Arias, Michael Angelo González y Guillermo Pérez. Hay que destacar la caracterización de Boris Roa, quien asume con apreciable autenticidad a Vinal, el boxeador boricua.

Sin embargo, Filo al fuego, de Oliver Mayer, es un texto dramático que promete más de lo que cumple. Del suculento binomio boxeo profesional-homosexualismo cabía esperar conflictos más sólidos y mejor definidos, y también menos clichés (por ejemplo: la única mujer de la historia reitera el estereotipo de la “latina caliente” enfocada en el sexo). Como han señalado ya críticos de Nueva York y Chicago al reseñar en años anteriores otros montajes de la obra, lo previsible de la trama, su débil tensión dramática y el escaso relieve psicológico dejan que desear. Esto hace que Filo al fuego no trascienda el cuadro descriptivo sobre los prejuicios sexuales entre latinos a inicios de los 1960. El espectador se queda esperando un verdadero enfrentamiento, más allá del cuadrilátero, entre los pugilistas Mantequilla y Quinn; pero debe conformarse, en el caso del personaje cubano, con neuróticas preocupaciones por el cuestionamiento a su virilidad, y en el del chicano, con la confusión sexual –y cultural– de un ingenuo atleta que parece un paladín de la castidad.

A través de elementos como el vestuario, la música y la presencia de un imitador de Benny Moré (que sustituye al James Brown de la obra original), Yarrow dota de cierto sabor cubano a un texto que, por momentos, pareciera dibujar un desconcertante “Miami chicano”. Otras decisiones no son tan afortunadas, como la incorporación del babalao, personaje que resulta una especie de “pincelada folclorista”.

Pese a lo señalado, la recreación del mundo boxístico que se nos ofrece es tan atractiva y arrolladora, que uno casi termina pasando por alto las debilidades del libreto. Los jabs y los Suzie Q con que Yarrow y su equipo de colaboradores defienden Filo al fuego, logran que la calidad de la puesta en escena termine imponiéndose y que Prometeo gane, por puntos, la pelea.