Foto: G.Castagnelllo. Cortesía de Teatro Avante.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

La participación de la compañía uruguaya La Cuarta en el XXV Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami podría resumirse así: “Llegó, maulló y venció”. Su original y festiva lectura “a lo siglo XXI” de La Gatomaquia –poema épico-burlesco publicado por Lope de Vega en 1634– resultó una delicia por la lozanía con que logra aproximar ese clásico a la sensibilidad del espectador actual.

Gatomaquia narra la pasión de Marramaquiz (Santiago Sanguinetti), gato pobre, pero de ilustre linaje, por la bella y voluble Zapaquilda (Natalia Bolani). El tercer vértice del triángulo amoroso es el seductor forastero Micifuf (Fernando Dianesi), quien se interpone en lo que parecía una sólida relación. El triángulo se convierte en cuadrado con la aparición de la casta Micilda (Leonor Chavarría), gata de un boticario, quien acepta los requiebros de Marramaquiz cuando este intenta sacarse un clavo con otro. El enredo de lances eróticos, celos, traiciones, venganzas y raptos, que desemboca en una batalla resuelta por La Cuarta a ritmo de hip hop, no disimula su parentesco con los poemas clásicos de tema mitológico de la Antigüedad ni tampoco el propósito de su autor de burlarse, aquí y allá, de Góngora y otros representantes del culteranismo.

La dinámica e ingeniosa puesta en escena de Héctor Manuel Vidal –un joven director con alrededor de 40 años de trayectoria artística– apela a diversos lenguajes y referentes para abordar las siete silvas de esta “Ilíada gatuna”: desde el ballet y la ópera hasta el boxeo y las artes marciales, sin olvidar el cómic, pues cuando Zapaquilda está amordazada en la torre, su parlamento nos llega utilizando la convención del “globo”, propia de las historietas.

En Gatomaquia, el elenco transita con comodidad por distintos planos (el personaje, el narrador, el actor mismo) y dice el verso de forma segura, subrayando delicadamente sus matices humorísticos o líricos. A esos méritos hay que añadir un buen trabajo de expresión corporal que, cuando el momento así lo requiere, permite recrear las maneras y los hábitos de los gatos. Eso sí: olvídense de máscaras y de colas postizas, los competentes intérpretes no necesitan de ellos para establecer un pacto de complicidad con el público y convencerlo de la autenticidad de sus felinos.

En el montaje abundan los momentos felices: desde el hilarante pas de deux de Micifuf y Zapaquilda hasta el aria operática “a la italiana” que interpretan esta última y Marramaquiz. El uso “titiritesco” que hace Chavarría de sus piernas cuando, en la cuarta silva, incorpora con ellas a diferentes personajes, se suma a las sorpresas. Otra pincelada divertida: esas académicas “notas al pie de página” con las que, contradiciendo el carácter del espectáculo, un actor se empeña en ilustrar a los espectadores.

El vestuario de Paula Villalba reúne elementos contemporáneos (jeans y chaquetas de roquero) con otros que estilizan modas de tiempos lejanos. La música de Fernando Ulivi explota humorísticamente la relación de los actores con un surtido de instrumentos musicales que incluye desde pianos y cajones de percusión hasta silbatos y manubrios de bicicletas. La escenografía, el diseño de luces y la proyección digital (al servicio de la escena en que el Senado acuerda ir a la guerra, concebida como una sesión de doblaje cinematográfico) son también oficiantes de esta desenfadada celebración del teatro como espacio lúdico.

Algunos estudiosos opinan que este poema narrativo pudo ser el antecedente de una comedia que el Fénix de los Ingenios se proponía escribir, pero no hay ninguna certeza al respecto. En cualquier caso, el montaje de La Cuarta no deja dudas sobre la teatralidad de La Gatomaquia ni tampoco sobre el talento del equipo que ha conseguido revitalizar, de modo fresco e imaginativo, una obra maestra de las letras españolas del Siglo de Oro.