Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Con un entre melancólico e hilarante ejercicio de intertextualidad titulado La sombra del Tenorio, el dramaturgo español José Luis Alonso de Santos decidió rendir homenaje a Don Juan Tenorio, la conocida tragedia de José Zorrilla, y también a los actores que, a lo largo de los años, han contribuido a arraigar firmemente ese clásico en el gusto popular.

En sus últimas horas de vida, Saturnino, un anciano actor, confiesa su gran sueño a la novicia que lo acompaña en un cuarto de hospital: interpretar al Tenorio y “librarse” de la maldición que lo ha perseguido desde el inicio de su carrera: verse relegado al rol de Ciutti, el criado del seductor. Como una auténtica “convidada de piedra”, la joven lo oye hablar de sus planes de actuar para un público de ángeles, en el reino celestial, mientras los espectadores somos testigos de cómo el moribundo, que en un principio se movía con suma dificultad, va recobrando las fuerzas a medida que se pone el vestuario de Tenorio que guardaba en una caja.

Rolando Moreno se encargó no sólo de adaptar y dirigir la puesta que está presentando Hispanic Theater Guild, sino que también, como es habitual, se hizo cargo de la escenografía y el vestuario. A partir de una estilizada cama, un enorme crucifijo, paredes con texturas y una velada cortina de gasa, su propuesta espacial define dos planos contrastantes: uno realista, el de la austera habitación de hospital, y otro nebuloso, casi onírico, en el que enmarca a la enigmática novicia. El diseño de luces de Pedro Remírez enfatiza la progresiva transformación de Saturnino y convierte al personaje de la religiosa, por momentos, en una dama duende de tonalidades espectrales.

Aunque Moreno hizo, con mucho tino, algunos recortes al extenso texto (sobre todo en la escena final, que ahora resulta más atractiva), la representación se prolonga durante hora y media. Un verdadero reto, tratándose de un monólogo. Marcos Casanova, como Saturnino, consigue sostener el interés del público con una interpretación meritoria, la más completa que le hemos visto desde su creación del negrito Chiringüini en El médico a palos, de Molière (donde también estuvo dirigido por Moreno).

El actor sorprende gratamente con su contención, su apreciable trabajo de caracterización física y su seguridad en el manejo de un texto que lo obliga a transitar por registros contrastantes. La recreación de las simpáticas anécdotas relacionadas con las representaciones de Don Juan Tenorio en España –que constituyen el “plato fuerte” de la obra– exigen de Saturnino numerosos desdoblamientos que se materializan con efectividad y frescura.

El discreto papel de la novicia es asumido por Cristina Ferrari con una partitura de movimientos mínima, que “dialoga” con el texto mediante composiciones que remiten a la pintura y a la estatuaria sacras.

La dirección logra sortear el peligro del estatismo en una obra de poca acción física, en la que el componente narrativo tiene una fuerte presencia (¿era indispensable relatar todo el argumento del Tenorio?). Por sus premisas y su creativa plasmación, este montaje se aparta saludablemente de las comedias ligeras presentadas en los últimos tiempos por el grupo. Con su mezcla de humor, melodrama y humanismo, La sombra del Tenorio revisita un personaje mítico del teatro español que –a juzgar por la cantidad de público que acudió al Teatro 8 el pasado domingo– sigue teniendo muchos adeptos.