Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

¿Un unipersonal sobre los niños y la violencia urbana? ¿Interpretado por un actor desconocido en estos lares? Los niños perdidos, de la compañía mexicana El Fénix Producciones, parecía ser el espectáculo menos atractivo de la vigesimoquinta edición del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami. Confieso que estuve a punto de echar mano a una repentina indisposición para saltármelo, sin remordimientos, de la programación del evento. Por suerte no lo hice. El refrán “las apariencias engañan” estuvo más que justificado en este caso.

El monólogo tiene como base el cuento A los pinches chamacos, incluido por el escritor mexicano Francisco Hinojosa en su libro La verdadera historia de Nelson Ives. La historia se centra en tres niños –el narrador y sus amigos Mariana y Rodrigo– que, excavando en el jardín de un edificio de una barriada popular, encuentran una pistola. El hallazgo del arma será el punto de partida de una serie de desopilantes episodios que transforman a los pequeños e ingenuos protagonistas en auténticos serial killers. Un humor a veces cándido, casi siempre cáustico, recorre todo el texto, aun cuando este refleje una lacerante problemática social.

Esteban Castellanos adaptó el texto para la escena y concibió el montaje de ritmo ágil y sostenido, que demanda mínimos elementos de utilería y utiliza las luces como una eficaz herramienta dramática. Como si fuera poco, el joven actor también asume –con precisos códigos gestuales y vocales– el sinfín de personajes de distintas edades, sexos y estratos sociales que participan de la trama. La picardía con que se recrea la psicología infantil y las limpias transiciones hablan de un intérprete sensible y creativo.

La “escenofonía” de Rodolfo Sánchez Alvarado es un puntal de Los niños perdidos. La obertura de voces y ruidos urbanos, que transforma el espacio vacío en una vital y abigarrada urbe, nos ubica en el México D.F. de hoy, y la inclusión en la banda sonora de las canciones infantiles clásicas de Gabilondo Soler “Cri Cri” –como El ropavejero o Los cochinitos— crea un irónico correlato.

Con esta escalofriante y divertida propuesta, Castellanos nos hace reflexionar acerca de cómo la violencia familiar y social –sumada a la que diseminan generosamente la televisión y los videojuegos– puede convertir a los niños en “monstruos”.

¿Melodramatismo? Ninguno. Mientras somos testigos de las aventuras de los tres inseparables “héroes”, no nos queda más remedio que reír (aunque sea con una risa culpable). Bien concebida y materializada, Los niños perdidos se robó el corazón de quienes acudieron a verla. Fue, por decirlo de alguna manera, una “pequeña gran sorpresa” dentro del Festival.