Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Que Flora Lauten, respetada como actriz, tenía también grandes dotes para la dirección quedó claro desde 1975 para quienes vimos en Cuba su puesta de La vitrina con campesinos de La Yaya. (De acuerdo: era pura “agitprop”, pero con una factura teatral muy sugestiva.) Trabajos posteriores, como La emboscada, El pequeño príncipe, El Lazarillo de Tormes, y sus primeras creaciones con el grupo Buendía ratificaron con creces esa impresión inicial (excluyo la trasposición de Electra Garrigó al mundo circense). Gracias a FundArte, días atrás llegó a nuestra ciudad el más reciente estreno de Lauten y el Buendía: una versión libre de La visita de la vieja dama, de Friedrich Dürrenmatt.

Esta comedia trágica escrita en 1956, que habla de cómo la moral, los principios y la justicia pueden comprarse, ha despertado últimamente el interés de los teatristas cubanos dentro y fuera de la Isla. El pasado año, Maroma Players la presentó en Miami, con adaptación y dirección de Rolando Moreno, instalándola en el territorio de lo paródico, como también lo hizo Buendía, casi al mismo tiempo, con diferentes premisas estéticas.

No hay que esforzarse mucho para descubrir los vínculos del texto con la realidad de Cuba. Saltan a la vista. Incluso podría pensarse que el autor suizo la tenía en mente cuando concibió el ruinoso y desesperado pueblo de Güllen. Sin embargo, lo que en la propuesta de Moreno se sugería maliciosamente, Lauten lo explicita con insistencia: Güllen pasa a convertirse en la hambrienta Gula y, ante los numerosos y poco sutiles subrayados del paralelismo, uno termina diciéndose: “Por favor, reconózcanme un poquito de inteligencia, yo también soy capaz de pensar”.

La versión de Buendía respeta lo medular del argumento y su conflicto central, pero en el proceso de reescritura de la obra para ponerla a “dialogar” con la sociedad cubana actual, elementos sustanciosos ceden su lugar a añadidos de menor relevancia, y se pierden, entre otras cosas, las significativas mutaciones de los habitantes de Güllen y buena parte de la carga reflexiva y el ingenio de Dürrenmatt.

Con travestis, músicos y un rosario de canciones intercaladas en la trama, Lauten busca recrear un cabaret caribeño kitsch. La partitura escénica está ejecutada con profesionalismo y precisión, pero resulta un tanto convencional, con reiterativas composiciones espaciales y soluciones muy socorridas (tela para el momento de la muerte) o previsibles (lentejuelas que salen de la urna). En Miami, el enorme escenario del teatro Manuel Artime conspiró contra la fluidez de los desplazamientos.

El montaje convierte a los personajes en fantoches que hablan de forma recitativa y enfática, en lo que podría interpretarse como una voluntad de extrañamiento (sólo que monocorde y permanente). La destreza física y vocal del elenco es evidente, pero ¿por qué ese empeño en gritar todo el tiempo, sin piedad con nuestros pobres oídos? El principal –y casi único, para mí– atractivo del espectáculo estuvo en el magnetismo de la actriz-cantante Ivanesa Cabrera, quien asume el papel de Clara Zajanassian. A pesar de que el estilo de actuación deja mínimos resquicios para la sinceridad, a ella y a Indira Valdés (como Matilde) se le permiten los únicos instantes “humanos”, emotivos, de la puesta.

Esta recontextualización del clásico de Dürrenmatt llegó precedida de elogios que, después de haber apreciado la obra, parecen un poco exagerados. Lo que vimos está muy lejos de la imaginación y la poesía escénicas alcanzadas en Las perlas de tu boca o en La cándida Eréndira (que aplaudí en Bogotá en 1997). El carácter directo de las alusiones políticas, la comicidad algo basta y la “nostalgia musical” de esta Vieja dama quizás sedujeron a una parte del público; pero yo formé parte de la que salió insatisfecha de la función.

En el Festival de Teatro Latino de Chicago, Buendía brindó, además, su espectáculo Charenton. Es lamentable que no lo trajeran también al sur de la Florida, pues habríamos podido tener una visión más abarcadora del quehacer actual de este prestigioso colectivo. Aunque La visita de la vieja dama no estuvo a la altura de mis expectativas y del recuerdo de otros trabajos de Lauten, celebro la actuación del Buendía en nuestra ciudad y la posibilidad de poder formarnos una opinión sobre el teatro que se está haciendo en el único lugar del planeta donde hay más cubanos que en Miami.