Foto Asela Torres. Cortesía de Teatro Avante.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

En 1987, en el prólogo de la edición Por las tierras de Colón, su autor, el dramaturgo Guillermo Schmidhuber, reveló que quiso hacer una obra “que llorara toda la tristeza de Latinoamérica”. Inspirado en un suceso real que relata la actriz mexicana María Teresa Montoya en su autobiografía (su encierro de 33 horas en un teatro de la capital colombiana, como consecuencia del estallido del Bogotazo), Schmidhuber se vale de esa situación dramática para reflexionar con dolor y escepticismo sobre el destino histórico del continente. ” Soy como Latinoamérica”, exclama su diva Estela Fabremont. “Pasé de ser niña a ser vieja, sin que nunca alcanzara la plenitud”.

Más que en el conflicto matrimonial de los protagonistas o en la repercusión del Bogotazo, el mayor interés de Por las tierras de Colón está en la naturaleza aguda y provocativa de las ideas expresadas en algunos de sus parlamentos. En otra escena, por ejemplo, la artista se lamenta: “En los países que hemos visitado en esta gira, ninguno parece tener un ancla en el pasado, ni una saeta dirigida al futuro. ¡Con dictaduras, democracias o gobiernos socialistas, Latinoamérica sólo va arrastrando su presente!”.

La analogía entre la relación de la pareja y el modelo de poder autoritario que han generado numerosas revoluciones en América Latina, así como el contrapunteo entre el compromiso con el arte y con la realidad social, son elementos de indudable interés. Sin embargo, al final los conceptos vertidos por los personajes sobre esos u otros temas terminan siendo más interesantes que ellos mismos y que sus problemas individuales. La Fabremont, su esposo Montarsol y Uriel Valente, el militante liberal, son eficaces como voceros de las reflexiones del autor, pero un tanto acartonados como entidades de ficción.

La adaptación estrenada por Avante, bajo la dirección de Mario Ernesto Sánchez, recorta la obra eliminando algunos parlamentos de retórica poco feliz (“¡No te mueras, soldadito de plomo, pedacito de la historia de este 1948 de Colombia, héroe y traidor inútil!”), pero también suprime otros que, por su carácter incisivo, merecían haber sobrevivido. El texto reclamaba una lectura escénica que actualizara de modo creativo –desde una perspectiva contemporánea– algunos recursos composicionales y contenidos que se sienten forzados o desgastados, pero el montaje de Avante no parece haberse propuesto ese objetivo como una prioridad.

La principal renovación se focaliza en la imagen visual concebida por Noa y Balmaseda, que, contradiciendo la didascalia del dramaturgo, sustituye el interior realista de un teatro por simples paneles blancos y convierte el vestuario y las maletas de la Fabremont en los principales elementos portadores de color (un simbólico rojo sangre ¿o rojo revolución?). La proyección de imágenes de películas y periódicos del Bogotazo, así como la dramática música de Mike Porcel, contribuyen de forma efectiva –pero sin sorpresas– a recrear el momento histórico en que transcurre la acción.

El desempeño de los protagonistas revela más voluntad y bagaje técnico que auténtica emoción o disfrute interpretativo. La tarea de animar (dar ánima, alma) a personajes que a ratos parecen más preocupados por opinar sobre el devenir de Latinoamérica que por los hechos inmediatos que sacuden sus vidas debe haber sido todo un reto. Se agradece la estudiada gestualidad de Marilyn Romero y la energía con que Julio Rodríguez y ella se esfuerzan por enfrentar los abundantes, alegóricos y a veces estáticos juegos teatrales; pero, pese al esfuerzo que ambos realizan, el drama sentimental de la pareja no consigue conmovernos.

Si bien el espectáculo tiene a su favor la factura profesional (escenografía, banda sonora, elenco) característica del grupo, las soluciones de la partitura escénica no son particularmente imaginativas y la puesta se siente arrítmica y reiterativa. ¿Fue Por las tierras de Colón una acertada elección de Avante? Ante los discretos resultados del montaje que cerró la atractiva vigesimoquinta edición del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, podría concluirse que no.