Gualberto Gonzalez e Ivette Viñas. Foto: C.M. Guerrero / El Nuevo Herald

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Más entretenida que una sesión de terapia matrimonial, probablemente igual de eficaz y de seguro menos costosa: así podría definirse Pequeños crímenes conyugales, de Eric-Emmanuel Schmitt, la producción con que White Apple Tree inauguró ArtSpoken, un nuevo espacio teatral en la ciudad.

El primer acierto del director Yoshvani Medina está en la elección de una obra compleja y exigente de uno de los más prestigiosos dramaturgos franceses contemporáneos; su adaptación abrevia el texto (para que quede en una hora y media) conservando lo esencial del discurso. El segundo logro, y no menos importante, fue la decisión de no acelerar el ritmo ni acentuar los elementos humorísticos para “aligerar” la densidad dramática y reflexiva de la pieza. La opción de utilizar un reducido espacio para la representación, con una escenografía mínima (una mesa baja, algunos libros y seis marcos de cuadros vacíos que cuelgan delimitando las paredes de una suerte de jaula), propició un trabajo histriónico de marcada cercanía corporal y emotiva.

Pequeños crímenes conyugales es un “thriller sentimental”, a lo Hitchcock, del que participan dos sospechosos (un escritor y su esposa) y un aparente cadáver (el del amor de la pareja). El papel de detective le corresponde al espectador, quien va haciendo su pesquisa a partir de detalles, comentarios entrelíneas y revelaciones que animan la historia con distintos puntos de giro. Por supuesto, la obra no se propone ser un policíaco puro: Schmitt se sirve de una intriga tortuosa y del motivo de la pérdida de la memoria para reflexionar sobre la complejidad de la vida conyugal (la asociación de dos asesinos, según el protagonista masculino). El happy end introduce un inesperado registro de comedia sentimental, y es que, a pesar de la implacable disección que el dramaturgo hace de los sentimientos amorosos de Gilles y Lisa, el desenlace sugiere la capacidad de salvación que conlleva el intercambio de verdades.

En la función que presencié, Ivette Viñas y Gualberto González entregaron un esforzado trabajo actoral, con una apreciable defensa de los personajes y un gran despliegue de energía. En la primera mitad del espectáculo, Viñas impuso una fuerte presencia escénica, una efectiva “frialdad” y miradas llenas de significación; sin embargo, posteriormente tuvo algunos problemas de articulación y de cadencia. González manejó el difícil diálogo con más propiedad, aunque su característica emotividad a flor de piel lo llevó por momentos a subrayar demasiado los sentimientos de Gilles. Las lágrimas y los sollozos de ambos introdujeron en la escena final un matiz melodramático que contradice el “control de la emoción” y la sonrisa sugeridos por Schmitt.

El montaje mantiene la tensión y sortea el reto que representa la disposición del público, pero podría objetársele la relación que Gilles establece con los espectadores durante su monólogo (pues el contacto visual rompe la ilusión de voyeurismo de los observadores) y, sobre todo, un erotismo no siempre afortunado plásticamente, como la insistencia en las piernas abiertas de Lisa. La “coreografía” del orgásmico encuentro sexual (una especie de versión resumida del Kamasutra) pedía ser menos explIcita y un mayor dominio de la expresión corporal.

El sobrio diseño de luces, del propio Medina, es un tanto a favor, así como el uso de los marcos para acentuar la situación dramática. La versión “jazzeada” de And I Love Her en la voz de Diana Krall crea un sugestivo entorno sensual y acentúa la intimidad que busca la puesta; en cambio, el preámbulo donde los actores interpretan el tango Nostalgia resulta un tanto incongruente con el espíritu de la propuesta.

Pequeños crímenes conyugales es un espectáculo denso, exigente tanto para sus intérpretes como para el público; con algunas debilidades, pero también con méritos, entre ellos la capacidad de generar interrogantes sobre la vida en pareja y la voluntad de rehuir el facilismo.