Jorge Hernández, Alain Casalla y Leandro Peraza. Foto: Julio C. Solar.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

“Salvaje o refinada, colérica o fría, rudimentaria o técnica, individual o de masa, la tortura vive, continúa viviendo. Aparecida con el hombre, parece destinada a desaparecer con el hombre”, escribió el italiano Antonio Frescaroli en Historia de la tortura a través de los siglos, un libro de 1970. Cuatro décadas después, nada hace pensar que la extinción de esa aberración del comportamiento humano sea algo inminente. La aprobación por Naciones Unidas de la Convención contra la tortura en los años 1980 y los escalofriantes informes periódicos que emite Amnistía Internacional prueban que la tortura con disímiles fines continúa siendo algo frecuente en distintos países.

Como para subrayar la actualidad del tema, coincidiendo con la exhibición en la Torre de la Libertad de una exposición didáctica sobre los instrumentos de tortura a través de los tiempos, se estrenó Oda a la tortura, obra escrita y dirigida por Ernesto García. Ahora bien, la propuesta con que el grupo Teatro en Miami Studio celebra su tercer año de trabajo dista mucho de ser un inventario de técnicas para provocar dolor o una denuncia sobre la permanencia de esa práctica. Su atención se centra en otros aspectos. ¿El fin justifica los medios?, ¿puede existir una “ética” de la tortura?, ¿realmente, como afirma uno de los personajes, “el poder no entra en razones hasta que se le obliga a razonar con la violencia”? Esas son algunas de las preguntas que plantea al público este drama sobre terroristas y torturadores, de deliberadamente indefinida ubicación espaciotemporal. La representación no brinda respuestas explícitas: los teatristas hacen lo suyo, las conclusiones morales las saca cada espectador.

El montaje de Oda a la tortura tiene entre sus aciertos un efectivo uso del espacio escénico, con una escenografía y proyecciones de video que permiten resolver con precisión las transiciones a varios planos de acción, y un cuidado diseño de luces. La banda sonora subraya el carácter de thriller con que se concibe la trama y la utilización de la Oda a la alegría de Beethoven contribuye a un vibrante cierre.

Por el enfoque del tema y su tratamiento, la pieza representa un paso adelante en el desarrollo de García como dramaturgo. Si bien el acceso de los dos detenidos al cuchillo es un elemento de dudosa verosimilitud, la acción progresa eficazmente y la escena final consigue sorprender con un buen punto de giro. Los diálogos resultan superiores a los de Al horizonte no se llega en una barca de papel, el anterior estreno del dramaturgo, pero cabría hacerles un par de objeciones. Por una parte, cierta inconsistencia en la relación personaje-vocabulario (por ejemplo, en una escena el guardia analfabeto hace patente lo sofisticada que le resulta la palabra “apatía”, pero antes y después usa expresiones un tanto literarias, poco creíbles dentro de la pretendida rusticidad de su lenguaje); por otra, la inclusión de algunos raptos “líricos” que contradicen el realismo predominante.

Jorge Hernández es el puntal del espectáculo, con una consistente interpretación de don Ramiro, el aséptico y metódico torturador. Una vez más, el actor prueba su solvencia para incursionar airosamente en disímiles géneros teatrales y estilos de actuación. Sandra García trasmite la vehemencia de su “bolchevique” de buena cuna y saca partido, con ánimo caracterizador, a los clichés ideológicos que salpican el discurso de Laura. Alain Casalla logra un correcto desempeño; aunque en la construcción del personaje del guardia se echó mano a varios estereotipos, el intérprete se las ingenia para no subrayarlos demasiado. Leandro Peraza, el cuarto integrante del elenco, hace un meritorio esfuerzo por asumir con organicidad el escabroso papel de Pablo, el joven que en las breves pausas de la tortura a que es sometido cita fragmentos de la Declaración de los Derechos Humanos; su trabajo habría ganado con una dirección que dosificara y diera mayor valor y significado a los un tanto indiscriminados sollozos y quejidos.

Oda a la tortura es una entrega profesional con apreciables logros artísticos, que resume tres años de sostenido trabajo y evidencia la voluntad de Teatro en Miami Studio de dar a la factura de sus montajes una cada vez más ostensible calidad. Ojalá esa coordenada siga guiando el quehacer del grupo y en el futuro su repertorio se diversifique y enriquezca con creaciones de dramaturgos de diferentes épocas y nacionalidades.