Rosario Suárez y Julio Rodríguez. Foto: Pedro Portal/El Nuevo Herald

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

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El estreno de La última función ha dado a los numerosos admiradores de Rosario ‘Charín’ Suárez que viven en esta ciudad –entre los que, se impone aclararlo, me cuento– la oportunidad de ver nuevamente sobre el escenario a una de las grandes figuras del ballet cubano, a una artista que cimentó su leyenda no sólo con su virtuosismo técnico, sino también con sus notables dotes para la actuación.

Como la mayoría del público, fui al Byron Carlyle Theater con mucha curiosidad, sin tener una idea exacta de lo que se nos iba a ofrecer. ¿Una obra dramática? ¿Danza teatro? Después de ver el espectáculo producido por Nobarte, todavía no lo tengo claro y me cuesta trabajo definirlo. Pero, en realidad, ¿es necesario? Mejor dejar a un lado ese asunto y disfrutar simplemente de la emotividad, del goce para los sentidos y de los momentos de poesía que contiene este homenaje a Rosario Suárez.

Lo mejor de La última función es el reencuentro con una Charín radiante y vital en lo que podría ser el primer paso de un interesante punto de giro de su carrera. El montaje está concebido para ella, a su medida, y la exploración que hace de su potencial como actriz no sólo convence, sino que sorprende gratamente, sobre todo por la potencia y la proyección de la voz. (No obstante, la dirección pudo haber propiciado una mayor variedad de tonos y matices en las distintas situaciones).

El entrenamiento de Rosario Suárez en la pantomima se hace evidente en la precisión con que logra transformarse en una niña –cuya ligereza y picardía remiten a la Lisette de La fille mal gardée–, en una seductora mujer o en una anciana devastada. La bravura de su entrega, que llega a ser casi visceral en la exigente escena ante el espejo, es el mayor atractivo de esta indagación en el conflicto del bailarín con su cuerpo y con los años.

Julio Rodríguez, un esmerado partenaire, se hace cargo con la seguridad que lo caracteriza del peso verbal del espectáculo y contribuye a su organización a través del ubicuo personaje del maestro-conciencia. Para el actor, La última función representa un gran reto en materia de expresión corporal; el pas de deux del danzón prueba que logró salir airoso.

La puesta en escena, dirigida por Lilliam Vega, tiene su punto de partida en textos de Abilio Estévez que abordan temas como el empeño del artista por alcanzar la perfección y la posibilidad del arte como refugio ante el embate de la miseria social. Sin embargo, aquí el material literario dista de tener –como en los montajes de El enano en la botella o Josefina la viajera interpretados en Miami por Grettel Trujillo– un protagonismo absoluto; el texto parece haber sido “atomizado” para utilizarlo como un elemento composicional más dentro del conjunto de miniaturas coreográficas y viñetas dramáticas.

La partitura musical creada por Héctor Agüero Lauten, el diseño escenográfico de Jorge Noa y Pedro Balmaseda, las sugestivas coreografías de Charín y, de manera especial, el refinado diseño de luces de Carlos Repilado son aciertos de la propuesta. ¿Debilidades? Entre otras, su estructura fragmentaria y la por momentos vacilante progresión dramatúrgica, los notorios impasses por los cambios de vestuario, la efectista develación del afiche y lo previsible de los minutos finales.

Aún quedan dos noches –mañana y el sábado– para ver La última función y formarse un juicio propio sobre esta singular experiencia artística. En lo personal, más allá de cualquier objeción, el espectáculo logró cautivarme con el magnetismo de Rosario Suárez, su aproximación al complejo universo de la danza y la autenticidad de las emociones desplegadas sobre el escenario.

La última función en el Teatro Byron Carlyle, 500 71 St., Miami Beach. Funciones mañana y el sábado a las 8:30 p.m. Información: (305) 674-1040 ext. 1, Ticketmaster. Estacionamiento gratis.