Cristina Rebull y Jorge Hernández. Foto: Ernesto García.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Sin darle muchas vueltas al asunto: Frijoles colorados, la comedia escrita por Cristina Rebull que Maroma Players está presentando en la salita de Teatro en Miami Studio, es el plato fuerte del “menú” de los últimos meses en la cartelera local.

Estos “frijoles” tienen todo lo que Nitza Villapol les habría puesto, en sus buenos tiempos, para satisfacer los paladares más exigentes. Una vez más, el director Rolando Moreno ha dado en el blanco con un espectáculo de indudables méritos. El primero y más importante de todos: tener como cimiento un texto ingenioso y sumamente teatral, con un brillante manejo del diálogo.

Cristina Rebull interpreta a Federico y Jorge Hernández a Matilde en esta fábula que parte de las premisas del teatro del absurdo para generar una reflexión sobre la vejez, la soledad, el amor y el tiempo. Los personajes –cubanísimos, pero universales– conmueven por su vulnerabilidad y su abandono, pero también por la persistencia de la conexión afectiva que los ata, capaz incluso de sobreponerse al deterioro de la memoria. (“No sé de dónde te conozco, pero te quiero”, se confiesan Matilde y Federico segundos antes de enfrentar, con pintoresco heroísmo, a la rata Paco.)

Rebull entrega un trabajo tan orgánico, rico en detalles y pulido, que cuesta creer que durante los últimos ocho años no se haya subido a un escenario en calidad de actriz. (Esperemos que no sea necesario esperar otros ocho para aplaudirla nuevamente en esta faceta). El desempeño de Hernández también es sorprendente. Si bien se trata de un actor que vemos a menudo y que tiene el don de estar siempre bien, en esta obra pone de manifiesto un disfrute mayúsculo en la construcción de su personaje y, sobre todo, en los desdoblamientos (¡un hallazgo la deliciosa profesora Josefina!). Es un verdadero placer ser testigos de la interacción de dos profesionales que saben valorar cada frase y cada mirada, sacarle partido a su expresión corporal y establecer un enriquecedor intercambio de energías. Su capacidad de inventiva y la calidez que imprimen al juego teatral son elementos que potencian la naturaleza hilarante de las situaciones.

Rolando Moreno ha concebido una de sus mejores puestas de los últimos años: lúdica (empezando por el intercambio de roles), imaginativa y poética, con un grato manejo del espacio y un ritmo endiablado. La interpretación a capella de dos viejos temas musicales de Sindo Garay y Teofilito (el primero, El huracán y la palma, a manera de prólogo, y el segundo, Pensamiento, durante la emotiva escena de la carta para Rosita) es un elemento que otorga inesperadas resonancias a un montaje esencial y refinadamente humorístico.

Tratándose de Moreno, la calidad de la escenografía no es una sorpresa para nadie. Atractivo y funcional (excelente la solución de los tubos y de los espejos que proponen diferentes puntos de vista), el espacio escénico recrea eficazmente el deteriorado microcosmos en que se mueven los personajes. Un logro también la fantasmagórica caracterización física concebida para Matilde y Federico: sus ropas blancas, el maquillaje y las paradójicamente expresivas gafas oscuras constituyen indudables valores plásticos.

Aunque Frijoles colorados es una comedia hilarante, con ribetes casi esperpénticos, la insistencia en varios elementos simbólicos (la hez, la rata, el ciclón y, sobre todo, esos granos que se niegan tenazmente a ablandarse, aunque lleven un siglo en la olla de presión) hace que resulte difícil soslayar su carácter de alegoría social y política. Aunque los personajes nos hagan reír con sus graciosos desvaríos, sobre ellos gravita todo el tiempo una oscura amenaza, el peligro que representa ese nombre que se teme mencionar en voz alta. Rico en aciertos y lecturas, este suculento “plato” cocinado por Moreno, Rebull y Hernández merece ser saboreado y aplaudido. La mesa está servida.