Jorge Ovies, Belkis Proenza, Carlos Arrechea, Oneysis Valido y Alexander Jiménez. Foto: Miguel Pascual.

Fuente: El blog del Recién Llegado

Me fascina el teatro, es una de las cosas que más disfrutaba en Cuba y que con más recelo miraba de Miami. Muchos me habían comentado que casi no se hacía en la ciudad y que, ese poco que se presentaba, era de muy baja calidad. Hoy acepté la invitación de una amiga y nos fuimos a ver una de las puestas de las que más se ha comentado en las últimas semanas: El solar de la palangana de oro.

La obra es casi un clásico del teatro vernáculo de los años 60. Disfruto mucho del género de esa época, ingenuo, simpático, marcado por los clichés de los personajes y sin muchos más objetivos que entretener al público durante la presentación. Ya saben lo que pasó luego, aquel vernáculo se fue yendo, al final de la década, para dar paso a las obras que tenían que llevar “un mensaje” a las nuevas generaciones o, peor aún, educar el gusto estético del hombre nuevo.

Hoy también fue la primera vez que conducía hasta tan lejos de mi casa. Alguna vez debía hacerlo, así que decidí que sería ésta. El teatro de la compañía Havanafama queda en la famosa calle 8, bien lejos de donde vivo. Si les cuento todo lo que pasé para llegar hasta allá, debería hacerles la narración en, por lo menos, 5 capítulos así que saltemos eso y vayamos directo al teatro, al que, por cierto, llegué tarde.

Como si no hubiera sido poco haber llegado con la función empezada, le pasé un sms a mi amiga para que supiera que estaba en la sala. Ya sé que es casi un pecado, chicos, pero comprendan mi nivel de desespero luego de un viaje tan tortuoso hasta aquel pequeño sitio de la, también, Pequeña Habana.

Es una salita casi minúscula, en donde luego pude saber que se han hecho varias de las obras que han tenido más éxito en este último año. Acostumbrado a las grandes salas de La Habana, aquello fue un impacto. Me sorprendió no encontrar el olor de los teatros cubanos, pensé que todos olían de la misma forma, es un olor que no sabría describirles, pero todos los que hemos ido al teatro en Cuba podemos identificarlo claramente.

Otra cosa que me impresionó, gratamente, fue encontrar la sala llena casi a tope. Una de las justificaciones que se enarbolan para no hacer teatro en la ciudad es que no existe público para las funciones, pero parece que este grupo sabe cómo hacer para que la gente de Miami acuda a verlos.

Belkis Proenza y Oneysis Valido. Foto: Miguel Pascual.

La escenografía era mínima, pero con una inteligente distribución del espacio. Su diseñador debió haberse exprimido los sesos para lograr montar un solar, con un sitio bien caracterizado para cada uno de los cinco personajes en tan poco lugar, pero lo consiguió.

Los actores estuvieron bien, con salidas inteligentes y actuaciones adecuadas, al menos a mí me complacieron con su trabajo. Es una pena que personas talentosas como ellos no tengan más espacios en la tele hispana, inundada de cuerpos siliconados y abdómenes de gimnasio, pero con muy poca mente que mostrar.

Fue una buena tarde, no solo por haber disfrutado, por primera vez en este país, de una obra de teatro y haberme reído tanto con las peripecias de tan distinguido solar (¡Tiene una palangana de oro!), sino por encontrarme con esta amiga, de las nuevas que he conocido en Miami y que, desde ya, la tengo en mi bolsa de personas queridas. Fue un gusto haber conversado con ella y haber conocido también a su madre y a algunos de sus amigos.

Ya se los he dicho otras veces, la mejor salida no es la que nos conduce al lugar perfecto, sino la que se hace en la compañía perfecta. Esta tarde fue un placer enorme haber contado con la complicidad de esa personita, mezcla de carisma, ingenuidad, ternura y desenfado, dueña de una sonrisa que es capaz de iluminar el lugar más oscuro adonde nos lleve la vida. Mil gracias, siempre, por la tarde de domingo.