Por Antonio O. Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Reconozco que fui a ver con cierta reticencia Sinfonía en Do mayor (y La menor), el más reciente estreno de ArtSpoken, a causa de la descripción del espectáculo que leí en la página web de ese espacio teatral, donde se hacía referencia a su “alto contenido poético y erótico, violencia física extrema, asesinato, suicidio, automutilación, escenas de levitación, desnudos”. Sin embargo, más allá de esa advertencia publicitaria de cariz un tanto sensacionalista, la nueva propuesta del dramaturgo y director Yoshvani Medina aportó a la cartelera de la ciudad contemporaneidad y un tema controvertido.

La obra gira alrededor de las relaciones que se establecen entre tres personajes: una madre, su hija adolescente y un actor y profesor de actuación. Medina enriquece su relato, de sostenida tensión erótica, con un plano paralelo en off –en el que una famosa directora teatral agradece un premio y reflexiona sobre el arte y su trabajo creador–, y también con conexiones intertextuales con Romeo y Julieta, de Shakespeare, y con el cuento popular ruso que sirve de argumento al ballet El pájaro de fuego, de Fokine y Stravinski. Así, elementos como el puñal que usa Julieta para quitarse la vida o la pluma mágica con que el pájaro de fuego agradece al príncipe Iván haberlo dejado en libertad se ponen al servicio de los sentimientos y los conflictos que vinculan a Lucía, Brisa y Franco More.

Desarrollada a partir de viñetas de carácter casi cinematográfico, y con una convincente progresión dramática, la obra se resiente, en la recta final, por su sobrecarga de simbolismo y por un desenlace excesivamente efectista. Pero la principal objeción al texto está en el tratamiento de los diálogos que involucran al personaje de More, que pierden consistencia dramática a causa del abuso de frases construidas para hacer gala de ingenio verbal, como “en teatro la primera impresión siempre es buena, sobre todo si es mala” o “hacer el amor es un acto de libertad, amar es un acto de cautiverio”. Esa abrumadora sobrecarga de retruécanos hace que las escenas del “Maestro” parezcan un recital de greguerías de Gómez de la Serna.

Sugestivamente minimalista, con tres pequeñas plataformas de distintos niveles de altura por toda escenografía y un funcional diseño de luces, la puesta de este “thriller sentimental” descansa, sobre todo, en el desempeño de los actores. Rosalinda Rodríguez sobresale por su organicidad y su discreción; Carlos Garín defiende con energía a su pedante personaje, aunque la naturaleza de sus diálogos constituye un obstáculo difícil de salvar, y la debutante Valentina Villamizar ofrece resultados promisorios en su arriesgado papel. La participación de Nury Flores resulta un tanto plana y, en algunos momentos, la articulación pudo haber sido mejor. En el montaje valdría la pena revisar detalles como el demostrativo aleteo de More al recrear la historia del pájaro de fuego o los incómodos y dilatados pasajes en que Brisa permanece debajo de la tela.

En Sinfonía en Do mayor hay que celebrar, al margen de los reparos planteados, el generoso esfuerzo de los actores y la sobriedad y la coherencia visual de la puesta. Ahora bien, me quedé esperando, hasta el último minuto, las anunciadas “escenas de levitación”. ¿No llegaría a tiempo el chocolate humeante que tomaba el padre Nicanor en Macondo?