Kevin Aponte y Sabas Malaver. Foto: George Riverón.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

Las criadas, de Jean Genet, uno de los más influyentes textos de la dramaturgia contemporánea, llegó al escenario de Teatro Abanico en una puesta en escena de Sabas Malaver. El reencuentro con la obra permitió comprobar que, a más de seis décadas de su creación –fue estrenada y publicada en 1946–, sus personajes y su lirismo cruel continúan teniendo una indudable capacidad de seducción.

El motivo de la pieza se relaciona con un sangriento crimen ocurrido en Francia, en 1933: las dóciles y tímidas hermanas Christine y Léa Papin, de 24 y 28 años, quienes servían desde hacía varios años en el hogar del abogado Lancelin, mutilaron y asesinaron con una crueldad difícil de imaginar a la esposa y a la hija de su patrón. Cuando la policía las interrogó, Christine explicó muy calmada: “No teníamos nada contra ellas. Hace demasiado tiempo que somos criadas, eso es todo. Tuvimos que demostrar nuestra fuerza”. Mientras muchos se horrorizaron con la sangre fría de las jóvenes, los surrealistas Paul Eluard y Benjamin Péret las presentaron como víctimas (“El miedo, el agotamiento y la humillación alimentaron lentamente el odio dentro de ellas”). Por su parte, Genet, lejos de acercarse al suceso con ánimo antropológico o de denuncia, lo utilizó como punto de partida para crear una deslumbrante metáfora dramática sobre el poder, la alienación social y la pérdida de identidad; eso sí, conservó para Claire y Solange Lemercier, sus personajes de ficción, la naturaleza de “genuinas almas gemelas” que el psicoanalista Lacan había atribuido a las criadas originales.

Por su espíritu de subversión y su alternancia de “sinceridad” y “representación”, Las criadas es un reto para cualquier director. El montaje de Sabas Malaver apuesta por una “estética de la perversión” que tiene entre sus principales aciertos la imagen visual, definida a partir de un vestuario que subraya la ambigüedad sexual –capotes e insignias militares, medias de malla y ligueros– y de un dispositivo escenográfico que integra elementos corpóreos con proyecciones de videos y fotos de destrucción posbélica. La decisión de interrumpir la escenificación con un intermedio rompe innecesariamente la atmósfera delineada en los dos primeros segmentos (la liberadora ceremonia sadomasoquista, en que Clara oficia como la Señora mientras Solange encarna a su hermana, y el inmediato pasaje “real” en que planean envenenar a su ama).

En los roles de las criadas, Kevin Aponte y Sabas Malaver realizan un apreciable esfuerzo que sería injusto no valorar (especialmente en el caso de Aponte, quien ofrece resultados más plausibles). Sin embargo, el trabajo de ambos presenta altibajos; se echa de menos una dirección de actores más productiva, capaz de revelar una mayor complicidad y nexos más profundos en la interacción de las hermanas, y, sobre todo, de valorar mejor los textos, en muchos casos dichos de manera externa y mecánica. El abreviado monólogo en que Malaver-Solange se dirige al tribunal ejemplifica ese automatismo, al igual que la coreografía del tango, rica en posibilidades expresivas pero desaprovechada (por falta de pasión entre sus intérpretes).

La breve participación de Alexander Otaola como la Señora “hitleriana” está concebida como una sucesión de transiciones que el actor consigue resolver, pero los excesos del registro emotivo en que se instala al personaje (Genet sugería para la Señora una aparición “nerviosa”, no histérica) restan matices a una escena que pudo ser menos estridente y manierista y más transgresora.

Con una partitura escénica que incluye soluciones imaginativas y otras no tanto (una vez más la Cold Song de Klaus Nomi), esta puesta de Las criadas refrescó la cartelera teatral de Miami al rescatar un clásico que no envejece y “leerlo” en clave de fetichismo militar e imaginería queer.