Julie De Grandy, Daisy Fontao, Belkis Proenza y Oneysis Valido. Foto: Meysell Quintana.

Por Antonio Orlando Rodríguez
Fuente: El Nuevo Herald

TEMFest, el oportuno evento concebido como una vitrina para las propuestas escénicas gestadas en Miami, se enriqueció con un estreno, Puerto de coral, a cargo de Havanafama, después de presentar espectáculos como Aromas de un viaje (Teatro en Miami Studio), Stories from Sidewalk (Free Soul Dance Company) y Alguien quiere decir una oración (Maroma Players/ICRA).
Puerto de coral, del autor cubano Maikel Chávez, es un texto que se inserta en una jugosa vertiente de la dramaturgia de la isla: la exploración del universo de la familia. Definida por su creador como “un juego escénico que narra parte de las historias de una familia que existe: mi familia, que vive en Caibarién”, la obra, cuando se lee, tiene la ligereza y el carácter prístino de un cuento referido por un observador infantil, perspicaz e ingenuamente indiscreto, que revela la intimidad de su madre, sus tías y de su abuela. Es una crónica costumbrista-poética sobre las pequeñas y grandes tragedias cotidianas del mundo de los adultos (tres mujeres inconformes con las vidas que les han tocado en suerte), en la que hay cabida tanto para la ternura, el lirismo y el humor como para la crueldad, la desesperanza y el sentimiento de desarraigo.
La puesta en escena concebida por Juan Roca soslaya la transparencia y el carácter de fábula infantil del material literario, y prefiere potenciar sus aspectos más dramáticos, insertando a los personajes en una atmósfera opresiva y enrarecida. La red que teje la matriarca Victoria y las cuerdas que mantienen a sus hijas atadas a ella y a la realidad de la que sueñan escapar, presiden el montaje como una sugestiva metáfora visual, aunque su plasmación no satisfaga en cuanto a plasticidad.
El dibujo del cuarteto de personajes femeninos, a cargo de Daisy Fontao, Julie de Grandy, Belkis Proenza y Oneysis Valido, es el principal sostén del espectáculo. Las actrices muestran seguridad y compromiso en sus desempeños. Sin embargo, sería recomendable que el director prescindiera de estereotipos y excesos que restan autenticidad a algunas escenas (como la redundante gestualidad en el relato del encuentro sexual de Ana y el santero o las reiteradas poses de “mater dolorosa” de Victoria).
El montaje pierde fluidez y coherencia con la inserción de tres viñetas danzarias que detienen incómodamente la acción. Más allá de cualquier valoración sobre la calidad de las coreografías o de su ejecución, se trata de añadidos superfluos que, lejos de hacer aportes sustanciales a la obra, resultan ajenos a su espíritu. Otro aspecto cuestionable es el exceso de música. La muy sobrecargada banda sonora, conformada por temas de disímil procedencia que no consiguen integrarse, a ratos pareciera estar en función de una radionovela y no de un espectáculo teatral.
Con aciertos (entre ellos, la sorprendente imagen final) y desaciertos, Puerto de coral constituye una atinada elección que enriquece el repertorio de Havanafama. Valdría la pena una revisión que apuntara a un equilibrio entre comedia y drama, que explorara de manera más fresca y luminosa la interacción lúdica de las hermanas, y que permitiera que la brisa del mar de Caibarién entrara a la casona de Victoria Real para refrescarla.