Eduardo Casanova Sucre
Analítica.com l 03/04/2012

Casi todos los grandes escritores españoles de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX incursionaron con mayor o menor éxito en el teatro. Miguel de Unamuno, por ejemplo, escribió “La esfinge” (1898), “La venda” (1899) y “El otro” (1932), Ramón del Valle-Inclán escribió y estrenó entre otras “El Marqués de Bradomín” (1906), “El yermo de las almas” (1908), las “Comedias bárbaras” (1920), “Luces de bohemia” (1920 y 1924), etcétera, y Pío Baroja fue autor de “La leyenda de Juan de Alzate” (1922), “Nocturnos del hermano Beltrán”, etcétera.

Arturo Uslar Pietri, uno de los escritores venezolanos y latinoamericanos más enlazados con la tradición de buena literatura española de su tiempo y de todos los tiempos, siguió una ruta parecida: Entre 1956 y 1959 incursionó abiertamente en el teatro. Sus obras, “El día de Antero Albán”, “El dios invisible”, “La Tebaida” y ”Chúo Gil y las tejedoras”, le ganaron el respeto de especialistas y espectadores. Suyo también fue el texto de una Cantata sobre Francisco de Miranda cuya música debía ser de Carlos Figueredo, el cuñado de su cuñado Armando Planchart, pero finalmente la música no se terminó y la Cantata quedó en suspenso aunque se presentó alguna vez como obra teatral. Una obra de teatro que parece una cantata. Lo parece y lo es. No era su primera aproximación al teatro: como señala José Tomás Angola (“El Teatro: El Dios Invisible de Arturo Uslar Pietri”, en “A los amigos invisibles, Visiones de Arturo Uslar Pietri”, compilado por Laura Febres y editado por la Universidad Metropolitana de Caracas en 2006, pp. 87-96), en 1927 escribió “E Ultreja” (en latín: “más allá”), obra vanguardista y esperpéntica a lo Valle-Inclán. Luego, en 1928, escribió “La llave”, una pieza más convencional de teatro breve, ligada al futurismo que en esos días había impresionado al joven Uslar y, poco antes de ese regreso a las tablas se ejercitó con una pieza de teatro guignol escrita especialmente para los jóvenes alumnos del Colegio Santiago de León de Caracas (“La viveza de Pedro Rimales”). De ese retorno a la escena a casi treinta años de distancia, comenta Angola: “De esas piezas de la década del cincuenta, ‘El día de Antero Albán’ (1957) es la más venezolana de todas, tanto en ambiente como en situaciones. Elementos como la magia y el azar, tan cercanos al carácter del venezolano, son los resortes que permiten componer el drama –farsa la llamaría el propio autor– en donde personajes como el Arlequín rojo o el Arlequín verde nos recuerdan sus iniciales devaneos con el simbolismo vanguardista de principios del siglo. Esta obra fue escrita para que la estrenara Nicolás Curiel y su pujante Teatro Universitario.” Es interesante que nadie haya reparado en que el nombre Antero Albán es muy parecido a Arturo Uslar (pronunciado Uslar como palabra aguda, que es como debería sonar en español, aunque él y su parentela siempre lo pronunciaron como es en alemán: Úslar). Sería importante investigar si una cierta identificación de “Arturo” con “Antero”, que usaría Arturito su hijo, se limitaba a lo fonético o se podía aplicar al significado del nombre: “El vengador del amor despreciado”, o “Contrario al amor”. En “Un retrato en la geografía” Arturo le da especial importancia al significado de los nombres personales. Y lo mismo podría decirse de Albán, que tiene que ver con claridad, con amanecer. En “Chúo Gil” (1959), Uslar se mueve en el mundo aldeano de los chismosos. En cuanto a “La Tebaida” (1958), a título anecdótico puedo contar, porque fui testigo del hecho, que la idea le surgió de un falso anacoreta que se había montado sobre un pequeña superficie colocada en la punta de un largo poste en la carretera vieja de Baruta, cerca del restaurant “Mi vaca y yo”, cuyo dueño era el famoso Henri Charrière (a) “Papillón”, que años después tuvo un gran éxito con un Best-seller que también generó una película de aventuras. Como señala Angola en el mismo texto, en esta pieza, tal como en “El Dios Invisible” (1957), hay una suerte de “existencialismo extraño en la narrativa de Uslar”. Fueron días de búsqueda, de toma de decisiones muy importantes, en los que, a mi juicio equivocadamente, renació el Uslar Pietri político un poco a costillas del Uslar Pietri intelectual. Sigo creyendo que eso fue un sacrificio inútil, que en muy poco ayudó al país y en mucho perjudicó a Arturo y a la difusión de su obra literaria.

Uslar Pietri, autor teatral, es un tema sobre el que habría mucho que investigar y discutir. Otra de esas tareas que debería asumirse con interés en Venezuela para pagar una deuda que el país tiene con el intelectual, con el gran escritor que, con mucha superficialidad, el país ha preterido por culpa de la política.