Gloria Elvira Sánchez l Las Palmas de Gran Canaria.
Artefactus l 08.10.2012

Eloísa quiere ser una mujer casada.

Eloísa sueña con ser la mitad de un matrimonio viejo. Esto es: quiere ser la mujer de Ricardo, su mujer de los años, de toda una vida.

No es como suena. Eloísa no tiene la ambición de ser la feliz esposa de la pareja de mediana edad, que dormita frente al televisor en horas de novela, y grita si se enfría la comida y no acaba el partido de fútbol.

En su aspiración no hay hijos que vienen los domingos a almorzar, ni nietos que rompan la rutina en vacaciones de verano, ni un álbum con las fotos de boda.

Estoy hablando de Alivio, la más reciente obra del dramaturgo cubano Eddy Díaz Souza; pieza en un acto que conecta con lo mejor de la literatura cubana de lo inquietante.

Dos personajes, un cuarto, una mujer de 55 que recrimina a su marido porque ya no salen de casa, un marido que apenas le responde y que se queja de dolores de vientre, una amiga al teléfono para las quejas. Pareciera que no hay nada que ya no se haya visto, vivido o contado.

Sin embargo, y aún antes de que llegue la colosal ruptura de sistema, uno empieza a inquietarse presintiendo que va a sorprendernos alguna atrocidad de un momento a otro.

Y es lo que pasa. La ruptura de sistema, tan cara a la poesía y al humor, se pone en este caso en función de la pretensión más abyecta, de la crueldad más estremecedora.

El propio Eddy me advertía antes de dejármela ver que podría resultarme chocante, vistos los aires de feminismo que soplan, muchas veces con igual desenfreno y sinsentido que la propia discriminación de género. Y no resulta ocioso el aviso. Hay que enfrentar Alivio limpia y desprejuiciadamente, toda vez que su mirada comprensiva, pero no compasiva, puede hacer que reanude la marcha hacia el Everest la caravana de la igualdad a ultranza.

Pero lo cierto es que, aun cuando como obra artística al fin y al cabo, Alivio se permite extremos impensados en otra área vital que no sea la del arte, hay un derecho a la felicidad nacida del amor que el ser humano busca con las armas que tiene, y sobre todo, a partir de la vida que conoce.

Esta vida de hoy mismo que Eloísa pretende, es —puede ser— una manera de tener —de haber tenido— una historia anterior de pareja que antes de ser lo que ahora es, seguramente conoció mejores días. Lo que es ahora tedio y hasta maltrato, casi siempre tuvo hace años un baile, paseos del brazo, un pensamiento feliz al levantarse y otro mucho mejor al acostarse.

Y no es que suscriba yo la pretensión autodestructiva de Eloísa; pero más allá de lo correcto y civilizado, más allá de lo confesado, e incluso más allá de lo consciente, la soledad es una carga demasiado pesada para llevarla con sensatez.

Y cada quien se debate tratando de aliviarla como puede.