Madeleine Sautié Rodríguez
Diario Granma

Solo un ser de esos que realizan un pacto mayor con la poesía y la convierten en palabras, después de haberla encontrado en la inmensidad de las pequeñas cosas, pudo legar a las nuevas generaciones una obra como la de la narradora y poeta Excilia Saldaña (1946-1999), cuya sensibilidad y acierto para robustecer el espíritu se bebe de un tirón al asomarnos a ella.

La autora de La noche —un libro donde su abuela queda convertida en un personaje inolvidable, y devenido joya de la literatura infanto – juvenil cubana, no solo por los altos quilates filosóficos que en ella convergen, sino también por el manejo de los valores esenciales inherentes al ser humano íntegro— fue homenajeada en la sala Villena, de la UNEAC, hasta donde llegaron los panelistas Magalys Sánchez, Consuelo Ramírez y Esteban Llorach, para hacerse acompañar de un nutrido grupo de amigos y lectores de la narradora que escribió para todas las edades, dejando en la piel del papel esa dádiva que algunos bien han llamado pedagogía de la ternura.

La remembranza de sus colegas, que hicieron públicas anécdotas, palabras y costumbres suyas, y que compartieron, con quienes la admiraron sin tener la suerte de conocerla, confidencias que les pertenecen a los amigos, consiguió, sin lugar a dudas, regresarla y hasta hacer que dialogara con los presentes desde la voz de los más cercanos.

“Mi madre tenía una manera muy peculiar de saber si el poema estaba ya listo” —explicó su hijo Mario Ernesto Romero, cuyos dibujos ilustraron algunos de los libros maternos. “Recuerdo que siendo yo un niño, cuando lo terminaba de escribir, me lo leía y solo quedaba conforme si yo le decía que tenía musiquita”.

Tal vez su condición de maestra —profesión que no puede ejercerse bien sin una elevada dosis de amor y que exige con creces “llegar” a los demás— propició la exquisita conversión de sus vivencias en literatura y el empeño de dotar a la bibliografía infantil cubana de referentes ausentes como Ochún, Elegguá o Tata Cuñengue, entre muchos otros, “porque los niños cubanos tienen que conocer personajes y elementos africanos”.

Pero aunque fue lo que más hizo, no solo literatura para niños recoge la nómina de esta creadora esencial. Esa facultad casi lúdicra de contar sus comentarios cotidianos como si fueran leyendas, quedó plasmada en su poesía erótica, en sus estudios y conferencias sobre cultura popular y cubanía, y hasta en sus ensayos sobre el cine de terror, en los que también hubo de posarse su “dúctil” motivación.

La pasión con que acometió el ejercicio literario, su particular aprehensión de la vida, su profundo conocimiento de la lengua, cuyo empleo versátil en la prosa y en las formas estróficas resulta asombroso, y la asunción de componentes mitológicos de la cultura universal, por solo aludir a algunas de sus virtudes, son irrebatibles argumentos que avalan la obra de la Saldaña como catálogo imprescindible en la cultura cubana.

No por azar la firma de Excilia se estampa en el prólogo de la edición cubana de ese libro primordial de Antoine de Saint Exupery que es El Principito. Allí facilitó con la ternura necesaria, la comprensión de pasajes esencialmente metafóricos del argumento, a los niños de “este país de faroleros y trabajadores en su asteroide de luz eterna”.

Como bien aseguró Llorach, Excilia todavía está por descubrirse dentro de su propio contexto y en el extranjero. De esa aseveración vehementemente defendida en la velada darán fe quienes la anden buscando a la luz del día, para hallar en sus páginas, como ella refiriera a propósito de uno de sus títulos, el libro de todas las respuestas.