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Cubierta e ilustraciones de Esperanza Vallejo.

Matías Montes Huidobro 

Artículo publicado en El Correo de Cuba.

El príncipe y el mar, publicada por Panamericana Editorial, con sede en Colombia, del dramaturgo Eddy Díaz Souza (Jaruco, La Habana,1965), que también es narrador y director escénico, fue presentada en un un acto auspiciado por la Fundación Cuatrogatos, con la participación de los escritores Sergio Andicraín y Matías Montes Huidobre en el Koubek Center de Miami, el pasado 8 de mayo, con la participación del autor, y una lectura dramática de escenas de la obra por Daisy Fontao y Leandro Peraza.

Esta edición aparece profusamente ilustrada por la pintora colombiana Esperanza Vallejo, en un despliegue de imaginación y colorido, con connotaciones mágicas y surrealistas que enriquecen visualmente el texto

Díaz Souza vivió por varios años en Venezuela, trasladándose posteriormente a los Estados Unidos. En Miami funda y dirige la organización Artefactus Cultural Project, con la que estrena en 2013 su espectáculo teatral para niños El caso de la luna. Entre sus títulos figuran las obras teatrales Alas de primavera y Algo cayó del cielo (2007), y las narraciones Cuentos de brujas (Premio Nacional de Literatura Infantil La Edad de Oro 1989, en Cuba) y Bernardino soñador y la cafetera mágica (Premio Fundarte 1992, en Venezuela).

Desde que empezamos a leer El príncipe y el mar nos damos cuenta que Eddy Díaz Souza es un hombre de teatro. La razón está en que las didascalias se imponen imaginativamente desde que se descorre el telón, creando un impacto visual que es un imaginario que cae dentro de los términos de una plástica que se mueve entre el surrealismo y la fantasía fílmica de Walt Disney. Del primero nos conecta de inmediato con el mundo ingrávido de la pintora mexicana (nacida en en España), Remedios Varo, con sus pisos dimensionalmente cuadriculados, sus imágenes etéreas que se mueven en espacios indefinidos y flotan en el aire, sus bicicletas que se desplazan con monjas que viven en escenarios medievales en el marco de una irrealidad poblada a veces de objetos cotidianos que se transforman y que equivalen, en la obra de Díaz Souza, al “piso ajedrezado”, a los “tronos corpulentos”, “pared de cartón revestida de plástico transparente”, de un lado; y del otro, mesas, sillas, cubiertos, teléfono, plumero, reloj, vaso, plato, utilería funcional, que componen una naturaleza muerta a lo Salvador Dalí y crean un mundo autóctono lleno de contradicciones, transformaciones y deformaciones. En la edición publicada en la Colección Primer Acto de Panamericana Ediorial, la pintora colombiana Esperanza Vallejo, confirma brillantemente este nexo mágico y surrealista de la obra de Díaz Souza.

Presentación del libro "El príncipe y el mar". De izq. a der. Leandro Peraza, Daisy Fontao, Eddy Díaz Souza, Sergio Andricaín y Matías Montes Huidobro. Foto: Chely Lima.
Presentación del libro “El príncipe y el mar”. De izq. a der. Leandro Peraza, Daisy Fontao, Eddy Díaz Souza, Sergio Andricaín y Matías Montes Huidobro. Foto: Chely Lima.

Entre nosotros, José Martí fue uno de los primeros en darse cuenta de la importancia de la literatura infantil, a través del imaginario de poesías y cuentos donde los niños jugaban un papel protagónico, sin ninguna férrea norma didáctica o ideológica, respetando lo individual y el bien de todos. Porque detrás de la fantasía de toda narración dirigida a los niños, está la mano invisible y la presencia de una realidad y de un hilo conductor de un adulto o es posible de una ideología, lo cual puede ser peligroso. No en balde, en Cuba, durante el año de la Alfabetización, el 1961, si recuerdo bien, se inició una “alegre” campaña de títeres y teatro para niños, de inocente apariencia, que hasta me inspiraron a mí la reconstrucción teatral de un Sr. Don Pomposo martiano. De Estorino a René Ariza, pasando por los hermanos Camejo, y otros más, el teatro infantil forma una tradición de la que ya es parte Eddy Diaz Souza. Pero ese doble filo entre la imaginación y la didáctica, el niño y el adulto, configuran un doble juego. Si hay trastienda ideológica, como la crítica de izquierda ha visto hasta en Micky Mouse, la fantasía desbordante se impone y lo deja asentada en el inconsciente, sin perder el goce lúdico. No falta en El príncipe y el mar ese toque mágico a lo Disney, pero es la imaginación la que se impone, precedida a su vez por toda una tradición de cuentos infantiles, en gran parte europea, de hadas y dragones, con las implicaciones mítológicas que hay detrás de toda esta literatura. A esto hay que agregar una sensibilidad muy especial que requiere un entendimiento del proceso de crecimiento y de riesgo que vive cada niño en su camino hacia la liberación marítima, base de la alegoría dramática de Diaz Souza, en la cual el amor, bien y mal entendido, juega un papel importantísimo en el proceso que desarrolla el autor.

La tradición mágica de Walt Disney, reconocida de inmediato por los niños, como si fuera el espacio propio de las vivencias infantiles en constante proceso de cambio, recorridos por castillos del Medioevo cuyas puertas se abren y cierran de forma intangible, como confirma el proceso traslaticio casi transparente de la abuela desde el timbre del teléfono a la alcoba de Mariano; se hace palpable en las puertas del castillo, los tronos corpulentos y el espejo que, de inmediato, evoca a la bruja clásica de Blancanieves. Es así que ya, desde el primer momento, El príncipe y el mar define la fantasía (y en cierto modo la realidad), y la trayectoria de las redes del amor que aprisionan hasta la liberación que conduce al mar.

Porque, después de todo, el protagonista vive una realidad en el contexto de una fantasía, que es lo que establece el nexo con el acontecer de cada día: la alegoría tal vez de la acción dramática que desarrolla la obra, esa pasión descomunal y posesiva del trono enorme del amor materno y paterno, monarquía opresiva, que es el clásico encierro de las fábulas infantiles más tradicionales, cuyo cerco, revestido del velo transparente del mosquitero de nylon, impide la salida hacia el mar que es el punto hacia donde se dirigen la obra y el título. Esto explica que Díaz Souza trabaje con particular eficacia la caracterización de los padres, humorística dentro del marco infantil, con ocurrencias que se suceden eficazmente gracias a un diálogo ágil, ligero, que va del ronquido a la sorpresa de alguna salida del autor. En este sentido no se pierde el punto de vista, como si se tratara de una evocación del amor materno que pierde el equilibrio entre el cariño, el cuidado y la responsabilidad, hasta el punto de convertirse en opresión y asfixia, parálisis y afán de poder.

Eddy Díaz Souza. Foto: Mercedes Abad.
Eddy Díaz Souza. Foto: Mercedes Abad.

Esta sería la lección del texto, que no está dirigida precisamente a los niños que asistan al espectáculo sino a los adultos que los acompañen, con lo cual Díaz Souza desvía la atención, deliberadamente, del niño que asiste al espectáculo a los padres que lo presencian. Las “rejas y candados”, la oscuridad claustrofóbica que rodea a Mariano y que no le permiten escapar de su encierro, configuran el miedo del amor que, posesivamente, impide llegar al mar: el subtexto síquico que construye la impotencia de un minusválido. De ahí la explicación materna: “Los pulmones de Mariano no resistirían el aire de mar” y la posesión de las llaves para evitar la salida.

Como confirma el propio Díaz Souza: “La obra, escrita en Caracas, alrededor de 1998, muestra un peculiar retrato de familia en el que convergen dos padres, un hijo, una abuela y una niña, personaje este misterioso y simbólico, que nos remite al universo onírico y feérico… Con El príncipe y el mar intenté ir un poco más allá del asunto de la sobreprotección filial, mostrando otra cara del poder autoritario, la fragilidad de las reglas y el conflicto entre el deseo y la realidad en una casa que se erige como metáfora del encierro”.

Es Ángela, la abuela, el personaje representativo de la imaginación liberadora, visto por el autor en términos de una lírica surrealista donde la imagen de ella, que entra en escena con una “bicicleta con carricoche” conjuga a la perfección con la intangible melodía que la acompaña: “Vengo del aire/ cual mariposa/ viva las alas/ de tanto aroma”. En comunión con el agua va en dirección al mar, que es clave de la obra: “Vengo de un puerto/ bañado de olas/ donde los niños/ vuelan gaviotas”. En esta ligerísima sonoridad, Díaz Souza entrecruza la intangible condición del aire, el movimiento de las alas, con un sentido olfativo que casi llega a un “aroma” gustativo y salitre, marítimo, finalmente musical, que emerge a modo de concierto del “sueño de las begonias”, que viene a ser el del propio Mariano que escapa hacia las olas: “Vengo del sueño/ de las begonias…/ soy la música/ que de ellas brota”.

Nada de esto, naturalmente, dentro de un contexto inmóvil, sino eficazmente equilibrado con acciones dinámicas, que permiten un montaje en que la lírica juegue con la coreografía escénica: “Se crean dos bandos: un grupo lo integran los reyes y el otro, Mariano y su abuela. Corren por toda la casa. Buscan aquí y allá… Ambos grupos podrían tantear al público, en busca de respuestas. También se admiten trampas, leves empujones, engaños y hasta traspiés”. “La abuela coge un caballo y corre”. “Comienza la persecución”. El propósito es incrementar la dinámica final de la pieza, con un sentido del tiempo dramático, en que Díaz Souza coordina su experiencia como director de escena con la del dramaturgo, incluyendo vestuario y maquillaje: “Petra, Eutimio y Ángela llevan las caras pintadas de blanco y trajes de juglares”.
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El manejo de los títeres, tan a propósito en un teatro orientado hacia los niños, acrecienta la riqueza de la escena y duplica la caracterización a niveles de mayor surrealismo, con cambios en el tono de las voces y toque de tambores, trompetas y redoblantes, en un final delirante. Y sin embargo, ya a punto del desenlace, Díaz Souza cambia la melodía escénica variando las notas del pentagrama, con una transición de luz y de motivos, ahora de tonos lúgubres y fantásticos: “El escenario se oscurece. De la pared del cuarto de Mariano surgen caballos de mar, sirenas, barcos y peces que se pasean por la escena bajo la luz negra”, y la acción dialoga, nos sumerge en otra dimensión del subconsciente dramático, viajando hacia un suspense de la muerte, para hacer, de este modo, más marcada, la transición última de la obra, el cambio de giro, que es hacia la vida, cuando las puertas de la casa se abren de par en par (gracias al efecto catalizador de la luz), Mariano se libera, y nosotros mismos nos sumergirnos en el movimiento de las olas.

Matías Montes Huidobro

Matías Montes Huidobro. Escritor, ensayista, dramaturgo, poeta y novelista.